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De repente, en medio de los grandes cambios, ese recuerdo surge del baúl de los recuerdos como un ave fénix en un templo de Egipto. Surge de las cenizas del olvido en el peor de los momentos, cuando uno ya se va de aquellos suburbios en los que pasó prácticamente la mitad de su vida.
¿Por qué me acordé de algo que ya no podré recuperar? Quizás porque aquella casa en la que pasé mis días de infancia, esa que fue propia, esa cuyo amplio patio aún recuerdo con claridad, era solo el ancla último de la resistencia al cambio. O quizás sea la nostalgia, ese sentimiento escurridizo que permanece presente en la mente humana.
No lo sé. Pero ahí estaba, aquella casa de los abuelos impregnada en mis recuerdos. La casa que mantuve en el olvido porque sabía que jamás la podré recuperar; aquella casa con sus habitaciones, su cocina, sus dos salas, su amplio patio lleno de plantas comestibles y no comestibles, su tinaco, su pozo, aquella pequeña bodega donde crecía la planta de algodón, la casita de madera donde solía jugar con mis muñecas. Todo eso desapareciendo con el paso del tiempo, hasta convertirse en otra fachada, en otro paisaje.
No puedo evitar ese sentimiento de frustración e impotencia, esa honda tristeza de saber que aquella casa alguna vez fue de mi familia. Pero sé que no puedo hacer nada por remediarlo.
Lo hecho, hecho está. Y el recuerdo grato de aquellos días inocentes ahí quedará como parte de toda una vida.