—¡Hija, por Dios, qué cosas dices!
Pepe es decente y muy cabal.
—Pero, ¡mamá!, ¡ay!, no me pises
poniéndome en manos del puñal.
—Ayer llegó a la casa bien vestido
parecía un diamante sin igual;
ya párame mi amor que yo te pido
que te cases y acabes con tu mal.
—Llegó a la casa con su traje nuevo
como anda siempre, muy normal;
pero, mamá, ya está longevo
y a mi lado descuadra muy brutal.
—El amor, mi chiquita, no se mide
en los frascos más nuevos de cristal;
cásese hija, y luego usted
le pone la flor nueva al vegetal.
—Dormir debajo de una arruga
no me parece, madre, original;
tú no piensas en mí, soy una oruga
que quiere una transformación mundial.
—O se casa, mijita, por las buenas
o la mando al convento con morral;
yo no quiero que usted sufra las penas
de estar soltera, sin amor carnal.
—En el convento viviré más sola,
teniendo la palabra por cereal;
después no vaya ni a decirme hola,
y a Dios le pediré mi paz mental.
—Que malagradecidos hay en vida.
Uno saca a los hijos del umbral;
yo te saqué, chiquita, por mi herida,
pero parece que ahora eres viral.
—Ya me voy al convento madre mía,
ahí le dejo a su Pepe y su caudal;
cásese usted, mamá, y feliz día
que a los brazos de Dios me iré triunfal.
Esta es mi participación en el Club de poesía organizado por @freewritehouse; aquí las bases
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