SINOPSIS
El rey del inframundo se ha enamorado, pero su condena no le permite ser amado. Cuando uno de los arcángeles descubre que Lucifer tiene un amorío con una humana – que por si fuera poco posee conocimiento de quien es en realidad -, decide informar a sus deidades, sin embargo, comete un error garrafal porque quien no debía lo ha escuchado.
Luego de una serie de eventos muy esperados y temidos por el rey del inframundo, este continua con su eterna condena, siglos después, aparece una niña que cree ser su hija, algo absurdo ya que Lucifer no es capaz de concebir o eso le han hecho creer.
ET LUX IN TENEBRIS LUCET
ELLA
Estaba cansada de todo, de todos, de las tonterías que escuchaba, de los insultos sin sentido, de los pocos motivos para vivir que tenía, otro grito, otra lágrima, más sufrimiento… Esto no podía seguir así, deseaba morir, desaparecer, olvidar, aun sabiendo lo que significaba, ya no importaba. Mi abuelo seguía gritando, pero ya no lo escuchaba, abrí los ojos, me levante del sillón y corrí fuera de casa al prado que siempre me había consolado, llegando pude darme cuenta de que todos sabían que estaría ahí y el consuelo que existía en él, había desaparecido. Seguí corriendo, me estaba alejando cada vez más de casa, entre en la arboleada y luego llegue a una inmensa llanura, estaba a punto de desplomarme en la grama cuando note que había una figura oscura más adelante, parecía una persona. No quería que nadie me viera llorar, no quería que nadie me viera así. Camine en silencio para cerciorarme de que no había comenzado a alucinar, efectivamente ahí había alguien.
Su cabello era largo y bailaba con el viento, por un instante pensé que era una mujer, pero su ancha espalda y brazos musculosos lo delataron. Era un hombre ¿Qué debía hacer en esta situación? ¿Correr de regreso? ¿Hablarle? Demasiado tarde para pensarlo. Volteo a verme. Juré haber visto un par de ojos inyectados de sangre, muy amenazadores. Estaba paralizada, ya no sabía si mi corazón latía o me había asustado tanto que todo en mi cuerpo dejo de reaccionar, podía escuchar el crepitar del pasto bajo sus pesadas botas, oía el viento pasearse entre nosotros y rumorar historias incomprensibles. Se acercó a mí. Era alto, muy alto, sus facciones eran duras, estaba aterrorizada.
“¿Qué haces aquí?” Preguntó, pero no vi sus labios moverse, seguro era un efecto secundario del miedo.
Creí escuchar al viento decir: “¿Realmente deseas morir? Puedo hacer el favor de acabar con tu vida en este mismo instante.”
En fracción de segundos vi como mi cuerpo comenzaba a envejecer, pasaron frente a mí todos los momentos en que reí y lloré. Todos esos buenos y malos recuerdos.
Mi cuerpo comenzó a decaer, a cambiar, hasta que era lo suficiente mayor para no poder sostenerme por cuenta propia. Caí, dolía, todo dolía, estaba tosiendo, hacia demasiado frio, pero sabía que solo yo lo sentía, vi como el brillo en mis ojos iba desapareciendo y reaccione “¡no!” grite para mis adentros. Y todo eso acabo, estaba de vuelta, él se encontraba ahí observándome con su mirada gélida.
“Tu deseo de morir es un verdadero capricho” dijo, mientras daba la vuelta y se iba.
“Espera ¿Quién eres?”
“Lucifer”
Me pareció extraño, pero bastante cómico a la vez, solté un bufido.
“Te lo he demostrado antes de hablar, que ingenua eres”
Era un idiota, pero le seguí y pasamos horas hablando, no recordaba la razón por la cual estaba tan molesta, porqué había llegado tan lejos por una simple discusión. Me despedí y volví a casa. Ni siquiera pregunte si nos volveríamos a ver, de donde era, donde vivía y sobre todo, cuál era su verdadero nombre. Nada. No nos volveríamos a ver, él tampoco sabía nada de mí, solo hablamos de cosas triviales, la inmensa llanura, lo hermosa que lucía la luna esa noche y lo encantadoras que se veían sus pequeñas acompañantes, las estrellas. No recuerdo haber visto jamás en mi vida un paisaje tan hermoso como el que tengo retratado en mis recuerdos de esa noche.
Habrá pasado un mes o más cuando lo volví a ver, no lo recuerdo con claridad. Jamás olvidaría sus facciones o lo profundo y amenazador que era su mirar, la oscuridad que escondían sus ojos. Estaba en el prado, mi prado.
Conversamos, otra vez. Era interesante, extraño, encantador, alucinante, una fantasía de verdad fascinante. Ya era hora de irme y sin embargo me indico una fecha con hora exacta para nuestro próximo encuentro. Olvide preguntarle su verdadero nombre, otra vez.
Así fue pasando el tiempo, nos encontrábamos por momentos, instantes mágicos y fríamente calculados, guardados en la bóveda más poderosa que podía existir en mi cerebro. Nada ni nadie podría borrar esos recuerdos y si de algo estaba segura, era de eso. Un día me di cuenta de que estaba enamorada, enamorada de un desconocido con el cual había hablado muchas veces.
Aquel encuentro marco el inicio y el final de todo. Le dije cuanto le quería, que no me importaba su nombre, su procedencia o su edad. Nada importaba más que todo lo que estaba comenzando a sentir.
“Te arrepentirás si lo haces” dijo justo cuando estaba a punto de besarlo. Su rostro lleno de duras facciones se había suavizado un poco. “Me arrepentiré si no lo hago” y lo bese.
Un beso nunca había desbordado tantos sentimientos en mí, el rozar de nuestros labios, sus manos apretando las mías y nuestros cuerpos a solo centímetros parecía que podían encajar a la perfección, sentía el fuego recorrer mi cuerpo, pero había algo…
Abrí los ojos para cerciorarme que aquella incomodidad que percibía era solo el miedo a que después de besarle me rechazara. Para mi sorpresa, su cuerpo estaba cubierto de sangre, su camisa había desaparecido, en lugar de su piel, habían escamas de serpiente y en ellas pequeñas letras en un idioma que jamás había conocido. Sus manos se sentían rusticas e irregulares debido a las cicatrices y sus uñas eran largas y toscas como garras. Después de estudiarlo con detenimiento mire en dirección a esos ojos que se presentaron ante mí en aquella ocasión cuando huía desesperada de casa, era terrorífico. No pude gritar, en cambio, caí al suelo, con un movimiento espontaneo cubrí mi boca con la palma de la mano, cuando la alejé, por instinto, la vi, su sangre…
No tengo palabras para describir como me sentí, ni siquiera me creo capaz de poder decirlo, aunque las tuviera.
“Perdóname” dijo y extendió su mano. No sabía si tomarla, dude y dijo:
“No quiero hacerte daño, te lo advertí, tu y yo nunca podremos estar juntos, mi destino es estar en soledad y sufrir lo que duré la eternidad”
No podía creerlo, mi cerebro no podía procesar nada de lo que estaba pasando, no pensaba, simplemente no había nada en mi mente.
“¿Eres tú?” pregunte, pero sabía que era él, que a pesar de no ser quien creía, él nunca me había mentido.
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