El Ego en el fondo es la máscara que nos ponemos para relacionarnos.
Desde pequeño construimos una armadura para protegernos del mundo y para ser “buenas personas”, sin embargo, nos identificamos tanto con esas armaduras y defensas, con el ego inmaduro que hemos cultivado, que olvidamos por completo nuestra verdadera y auténtica naturaleza esencial. Lo malo es que las demás personas también han creado sus propias armaduras o egos inmaduros, y surge el gran enredo cuando confundimos a los demás con las armaduras que nos presentan, mientras que ellos a su vez nos confunden con la armadura o ego inmaduro que les mostramos.
El culto al ego empieza en el momento en que empezamos a recibir palabras y gestos exagerados de aprobación que nos comparan y diferencian de los demás, o que nos califican como los “mejores, más inteligentes y más bellos”.
Desde ese instante se empieza un carrera sin fin de un ego inmaduro pero sólido que nos protege de los peligros de no llegar a ser quienes los demás quieren que seamos.
El ego que hemos cultivado en nuestra sociedad ha promovido el egoísmo, el orgullo y la competitividad. La mayoría de niños y jóvenes son bombardeados a diarios con una cantidad de información sobre lo que se debe y se tiene que ser.
En la juventud buscamos parecernos a los cantantes de moda vistiéndonos, peinándonos y utilizando objetos iguales y cuando llegamos a la edad adulta tratamos de ser nosotros mismos pero quedan las influencias de las expectativas de nuestros padres y los diferentes modelos inmaduros que hemos tomado.
La programación del hombre es tan profunda que en verdad creemos que los egos a los que les rendimos culto son nuestra identidad original.