Es una pregunta bastante difícil de responder, porque todo puede variar, desde el grupo con el que trabajamos hasta cómo nos sentimos en el día. Hay veces en las que sentimos como docentes que nos podemos comer al mundo. Y hay otras en las que sentimos que el mundo nos come y no podemos hacer nada al respecto.
En 4 años estudiando en la universidad, me he sentido de ambas formas. Hay días buenos y otros no tan buenos. Días que desean se repitan y otros que solo quieres desaparecer y no volver al día siguiente.
Ser docente es una tarea compleja, pero quienes tenemos el amor, la vocación, el privilegio y el deseo de cambiar el mundo por una sonrisa, todos esos días malos pierden relevancia. ¿Qué importa si un niño un día no te quiso hablar, si al día siguiente te da un dibujo hermoso? ¿O sí un profesor te trato mal, si llegas a la escuela y ves a tus estudiantes sonriendo porque diste una clase muy buena?
Foto tomada por mí, después de uno de esos días satisfactorios
La primera vez que estuve dentro de aula fue en el 4° semestre con la primera "pasantía" (que es una de las Fases de mi carrera), casi me da un infarto, tenía pánico, estaba frente a niños de 5° grado y tenía que hablarles de la responsabilidad. Me dio miedo, estaba espantada, pero después de unos minutos, gracias al apoyo de mis compañeros de clases, todo salió bien. Llegué a mi casa emocionada, y quería volver a hacerlo.
Luego, volví a dar clases de la "pasantía" (en la segunda Fase), pero esta vez estaba yo sola, no tenía apoyo de mis compañeros, y fue con niños de primer grado. Estaba nerviosa, pero no estaba asustada, porque ya había visto cómo estaban trabajando los niños y sabía dónde necesitaban más ayuda. Así que con varias clases divertidas, les di a los estudiantes (o lo que espero que les haya dado) una de las mejores experiencias en el aula.
Foto tomada por mí, en la despedida de la segunda pasantía
Por otro lado, también tuve días de frustración, días en los que me parecía que necesitaba mucho chocolate para calmarme, o que debía multiplicarme. La experiencia que me llena de decepción, por mí actuación, no fue en aula, fue dando tareas dirigidas a un joven de sexto grado. No supe cómo darle clases y creo que le fastidiaban más mis clases, que las de la escuela. Pero, eso me enseño que debo ser más activa y quitarme el chip de "el niño debe estar sentado"
Bueno, ser docente no es para todos, y aunque mis experiencias, no fueron todas buenas, solo tengo que decir, de todas aprendí. Y si eres docente y no tienes una experiencia de frustración, ¿realmente estuviste en aula? Porque ambas son parte de la vida de un docente. Te alegras, te frustras, te quedas mirando al vacío esperando una respuesta, y te enorgulleces, cuando tus estudiantes tienen éxito.
Dibujo realizado por uno de mis estudiantes de tareas dirigidas, luego de terminar el primer libro que leímos juntos
Eso es todo, por ahora, en otras entradas les hablaré un poco más de cada una de estas experiencias que he tenido, dando clases en aula, en catequesis y en tareas dirigidas.