Roxana miraba
la luna por la ventana,
la noche estaba fría,
pero ella solo vestía
una camiseta ancha,
esa que horas antes
llevara puesta el hombre
que ahora dormía en la oscuridad.
Roxana tenía el pensamiento
perdido en el futuro,
ni siquiera en lo que había pasado
hacía unos minutos
en aquella habitación,
no pensaba en eso,
no pensaba en los besos,
ni en las caricias de aquel moreno;
no pensaba en las promesas de amor
nacidas del calor del encuentro;
ella pensaba en un futuro lejano.
Aquel no fue el primer encuentro,
ya llevaban un tiempo disfrutando
de las caricias en la clandestinidad;
ella se negaba a hacer pública su relación,
pues decía que aquello no duraría
y que no estaba dispuesta
a llevar cuernos.
Estaba segura que él
solo deseaba su cuerpo,
pero el tiempo seguía pasando
y no entraba en aquello un tercero.
Había tenido otras parejas antes,
pero nunca se entregó por completo.
Los dejaba al primer indicio de mentira
o era ella la que mentía primero
–Él va engañarme, mejor yo primero—
Hoy el pensamiento de Roxana,
volaba distante,
un retraso vital alertó su cuerpo;
por un instante temió de un descuido
y las cuentas repitió
adelante y atrás con recelo.
El médico lo había desmentido,
no era aquello y ya no iba a serlo.
El reloj se detuvo temprano,
fin del juego.
Y Roxana pensaba en silencio
en lo que no había querido,
la noche abrazando su cuerpo,
y a la luz de la luna pensaba
en qué nadie la quiso bastante,
pensaba en lo solo y vacío,
que algún día sería su entierro.