Fuente Pixabay
Hola querida comunidad @holos-lotus,
Hay momentos en los que uno descubre cuánto depende de la luz... justo cuando deja de tenerla.
Aquella noche estaba de guardia.
Era una de esas madrugadas en las que el cansancio ya se había instalado en todos nosotros, pero el hospital seguía latiendo con el mismo ritmo de siempre.
Las consultas continuaban.
Las enfermeras iban de un lado a otro.
En urgencias no dejaban de llegar pacientes.
Nada hacía pensar que, unos segundos después, todo cambiaría.
Sin previo aviso, la electricidad se fue.
Durante un instante, el hospital quedó sumido en una oscuridad que pareció detener incluso la respiración.
Las luces de emergencia tardaron apenas unos segundos en encenderse.
Fueron suficientes para orientarnos, pero no para devolverle al hospital su aspecto habitual.
Cada uno reaccionó casi por instinto.
Algunos médicos sacaron las linternas de sus teléfonos.
Las enfermeras hicieron lo mismo.
Aquellas pequeñas luces comenzaron a cruzarse por los pasillos como luciérnagas intentando abrirse paso entre la penumbra.
Continuamos trabajando.
Porque los pacientes no pueden esperar a que vuelva la electricidad para sentirse mal.
Mientras terminaba de revisar a una paciente, noté algo curioso.
La sala de espera estaba mucho más silenciosa que unos minutos antes.
Pensé que la oscuridad había aumentado la preocupación de todos.
Pero, poco a poco, comenzaron a escucharse voces.
Una señora recordó los apagones de cuando era niña.
Un hombre respondió contando cómo su abuelo siempre aprovechaba aquellos momentos para narrar historias.
Una joven sonrió al decir que, en su casa, cuando falta la corriente, todos terminan sentados en el portal conversando porque ya no queda otra cosa que hacer.
Sin que nadie lo propusiera, personas que no se conocían empezaron a hablar entre ellas.
Compartían recuerdos.
Anécdotas.
Incluso alguna que otra broma.
Me llamó la atención cómo había cambiado el ambiente.
La oscuridad seguía siendo la misma.
Pero ya no se sentía igual.
Comprendí que el miedo pesa menos cuando alguien lo comparte contigo.
Después de varias horas, terminé la guardia y emprendí el camino de regreso a casa.
Al abrir la puerta descubrí que allí tampoco había electricidad.
Sonreí sin sorprenderme demasiado.
Entré despacio.
La casa estaba completamente a oscuras.
Por un momento pensé en buscar el teléfono para encender la linterna.
Pero antes de hacerlo escuché unos pasos conocidos.
Max llegó moviendo la cola con esa tranquilidad que parece tener para todo.
No necesitaba verme para encontrarme.
Sabía perfectamente dónde estaba.
Un instante después aparecieron los ojos de Bruno.
Dos pequeños destellos brillaban en medio de la oscuridad mientras caminaba con la seguridad de quien conoce cada rincón de la casa.
Los seguí casi sin darme cuenta.
Ellos parecían no darle ninguna importancia a la falta de luz.
Simplemente continuaban haciendo lo que siempre hacían.
Estar cerca.
Me senté en el sillón.
Max se acostó a mis pies.
Bruno ocupó su lugar habitual sobre el respaldo.
Durante unos minutos nadie hizo nada.
Solo escuchábamos la respiración de los otros.
Y, curiosamente, nunca me sentí a oscuras.
Al día siguiente abrí el cuaderno.
Mientras escribía, recordé aquellas pequeñas luces de los teléfonos iluminando el hospital.
Pensé que habían sido útiles.
Muy útiles.
Pero no fueron lo que más quedó grabado en mi memoria.
Lo que realmente cambió aquella noche fueron las voces.
Las personas.
La manera en que desconocidos comenzaron a acompañarse sin darse cuenta.
La electricidad ilumina las habitaciones.
Pero hay otra clase de luz que aparece cuando alguien decide permanecer a nuestro lado en medio de la oscuridad.
Esa no depende de un interruptor.
Y, por suerte, tampoco se va con los apagones.
Gracias por acompañarme en este vigesimoséptimo trazo de mis Cuadernos de Isabel. Nos seguimos encontrando en esas noches en las que, incluso cuando parece que todo se oscurece, siempre hay una luz que nace de la compañía y de la humanidad compartida.
Las imágenes son de Pixabay y la traducción al inglés fue realizada con DeepL Translate.
🇺🇸 ENGLISH VERSION
Source Pixabay
Hello dear @holos-lotus community,
There are moments when we realize how much we depend on light... precisely when it disappears.
That night I was on duty.
The hospital was following its usual rhythm until, without warning, the power went out.
For a few seconds, everything was covered in darkness.
Soon the emergency lights came on.
They helped us find our way, but they could not restore the hospital to its usual brightness.
Doctors and nurses instinctively reached for their phones.
Small flashlight beams crossed the hallways like fireflies.
Work continued.
Patients cannot wait for the electricity to return before needing care.
As I finished examining a patient, I noticed something unexpected.
The waiting room had become unusually quiet.
Then, little by little, people began talking.
An elderly woman remembered the blackouts of her childhood.
A man shared stories his grandfather used to tell during nights without electricity.
Another person laughed, saying that in her neighborhood everyone ends up sitting outside talking whenever the power goes out.
Without planning it, strangers began comforting one another through simple conversation.
The darkness had not changed.
But the atmosphere had.
I realized that fear becomes lighter when it is shared.
When my shift ended, I returned home.
There was no electricity there either.
I entered carefully.
Before reaching for my phone, I heard Max's familiar footsteps.
He found me without needing to see me.
Moments later, Bruno's bright eyes appeared in the darkness as he confidently walked through the house.
Neither of them seemed worried by the blackout.
They simply stayed close.
The next morning I wrote about that night.
The phone flashlights had been useful.
But they were not what stayed with me the most.
What truly transformed the night were the voices.
The conversations.
The quiet companionship between people who had been strangers only moments before.
Electricity can light a room.
But there is another kind of light that appears whenever someone chooses to stay beside us in the dark.
That light does not depend on a switch.
Fortunately, it never goes out.
Thank you for reading this twenty-seventh entry of Isabel's Notebooks.
The images are from Pixabay and the English translation was done with DeepL Translate.
Thanks to @bradleyarrow for supporting content on Hive.