Mela despierta sobresaltada, con esa sensación de una presencia en su cama. Le ocurre a menudo, y siempre, regresa a su memoria el rostro de Marcelo.
Busca entre las páginas ajadas del álbum hasta encontrar aquella fotografía desdibujada por el tiempo. Sus dedos rozan la imagen borrosa, acariciando la figura de un hombre que ya no existe, y las lágrimas caen indetenibles. Entre las instantáneas amarillentas asoma otra: ella, niña aún, rodeada de hermanos. Su madre murió cuando tenía catorce años, y desde entonces el mundo fue un lugar nostálgico.
Pero es la foto de Marcelo la que la arrastra de vuelta a aquellos días. Lo conoció en los caminos, cuando él aún era el boticario del pueblo. Meses después, se encontraron cerca del palmar, compartieron la tarde bajo la salvadera y se entregaron a un amor que ella desconocía.
Los sábados se volvieron sagrados. Justo tres meses después, Mela le confesó de cierto malestar. Él reconoció los síntomas al instante, pero no quiso asustarla.
-Te mandaré a Petra. Ella entiende los males de las mujeres.
Mela dormía en un camastro junto al fogón de los Batista. Era la primera en despertar y la última en cerrar los ojos. Una mañana, apareció una mujer joven, tal vez diez años mayor que ella. De piel ébano, rostro sereno, pañuelo anudado sobre la cabeza y un mechon asomando en la frente.
Caminaron en silencio hasta la mata de anoncillos, lejos de miradas curiosas. Petra le palpó los senos, el vientre, las caderas, con manos adivinadoras.
-No hagas fuerza, cuando estés lista para parir, me mandas recado.
Mela se quedó inmóvil, el pensamiento en blanco. Minutos después, acarició su vientre y regresó a la cocina. Sabía que tendría que irse cuando la barriga delatase su secreto.
Marcelo acudió al siguiente sábado, como siempre. Le dijo que no temiera, que ya mandaba construir una casita donde pudiera refugiarse antes del parto.
Los meses que siguieron fueron dificiles para Mela, ocultó su vientre bajo faldones holgados, hasta que una madrugada nació Liah. A los días Marcelo vino a verla, dio su apellido y la bendijo. Estaba afiebrado y pálido, nunca más volvió.
Mela cierra el álbum con un suspiro, enjuga las lágrimas y empuja los recuerdos hacia el rincón más cálido de su mente. La vida ha cambiado demasiado; emasiado.
@iriswrite/liah-retrato-de-familia
Gracias por visitar mi blog. Soy crítica de arte, investigadora social y amante de la cocina. Te invito a conocer más de mí, de mi país y de mis letras. Texto de mi autoría, imagen de Pixabay.