Es de veras desalentador ver el mundo que estamos creando. Parece que es imposible debatir un tema polémico sin que haya ataques personales o falacias de por medio; de hecho, no solo están permitidas, sino que también se ensalzan y aplauden. He de reconocer que no soy infalible, pero intento ser lo más racional y autocrítico posible cuando analizo mis ideas. Espero, por parte de los demás, lo mismo; un mínimo de empatía cognitiva y de perspectiva a la hora de considerar un desacuerdo. Espero también que se tenga la capacidad para cambiar de opinión cuando sea necesario. No quiero convencer a nadie, quiero expresar mis ideas sin que ello conlleve recibir insultos. Pero no, es imposible. La histeria ha suplantado la razón y no parece que vaya a ser destronada pronto. Los dogmas proliferan sin ser cuestionados y cada vez tienen más seguidores. Parece que la dictadura de lo políticamente correcto está en pleno apogeo, así que arrodillémonos y rindámosle pleitesia a todos los dechados de sabiduría que vienen a llenar de luz esta oscuridad en la que estamos sumidos.
El mundo es un lugar maravilloso. Deberíamos entenderlo y admirarlo con total imparcialidad, pero no inventárnoslo y adecuarlo a nuestras emociones. Podemos imaginar lugares mejores y concebir ideas convenientes para nuestro estado de ánimo pero desligadas de la realidad, pero hacer esto solo tiene cabida en el arte, no en la vida ni en la razón. Cuando tomamos al arte por vida estamos incurriendo en el más vil autoengaño. El mundo no es siempre como queremos que sea, y debemos aceptarlo así, tal y como es. No nos va a ocurrir nada que no esté incluído dentro del conjunto de cosas que nos pueden ocurrir. Si hay vida, también hay muerte. Un familiar se puede morir y nosotros no podemos hacer nada sino aceptarlo y seguir adelante. Si invertimos dinero, podemos perderlo; si debatimos, pueden estar en desacuerdo con nosotros. En definitiva, todo lo posible puede ocurrir y hay que estar preparado para ello.