Hace algún tiempo hablé en un post de este local donde varias generaciones de porteños se han lustrado (nos hemos lustrado) los zapatos.
No es mi deseo repetir historias que ya he contado pero este local me asombra cada vez que lo visito; me siento a esperar mi turno en unos altos sillones de cuero con apoyabrazos y un lugar especialmente adaptado para colocar los pies y por supuesto los zapatos, mientras aguardo pacientemente que alguno de los ya veteranos lustrabotas terminen con otros clientes observo las imágenes de fotografías antiguas, cuadros, relojes y lámparas, todo parece tener un siglo, como el local mismo, hasta los señores que lustran son de otros tiempos.
Este pequeño local se encuentra en la calle 25 de Mayo entre Sarmiento y Avenida Corrientes, justo frente a la Bolsa de Comercio de Buenos Aires y quizás esa sea la razón principal de tal longevidad.
La bolsa de comercio existe desde el año 1854 y si bien en la actualidad la vestimenta y el calzado que la gente utiliza han cambiado mucho, todavía se puede ver gran cantidad de gente que llevan zapatos de cuero en sus tareas y trabajos relacionados con la bolsa o con la gran cantidad de bancos, compañías de seguros y oficinas distribuidas en el micro centro porteño.
El dueño original ha fallecido hace muchos años y ahora sus descendientes continúan con el negocio y los que lustran son antiguos empleados que están desde hace al menos 50 años.
Como dije, mientras espero recorro con la vista toda la estancia, hay dos cuadros que muestran el local por dentro en su tarea diaria de ponerle pomada y sacarle lustre a los zapatos, notas periodísticas sobre el negocio, hay posters y banderines de equipos de fútbol autografiados por los jugadores, uno llama poderosamente mi atención, pertenece a San Lorenzo de Almagro y por lo que pude observar la fotografía y el equipo deben tener no menos de 60 años.
Hay varios relojes ornamentados que tuvieron mejores épocas y que ya no funcionan, la mayoría tienen la caja confeccionada con maderas nobles y oscuras, los mecanismos muertos y las esferas y agujas amarillentas y opacas.
Más hacia el interior un antiguo mostrador sirve de apoyo a las máquinas para tomar apuestas de loterías y quinielas, esas máquinas y el televisor de la entrada son los únicos signos de modernidad. Remata el techo una antiquísima araña con varias lámparas que ya no funcionan y el empapelado de las paredes también da muy claros signos de acompañar la antigüedad del resto del mobiliario y decoración.
Es historia pura y estoy seguro que jamás será modernizado pues perdería su encanto y su magia.
Las fotografías sonde mi propiedad.
Héctor Gugliermo