En e su existencia, una joven errante,
exploró los rincones del mundo, incansable encontrarte.
Recorrió montañas altas, valles profundos,
buscando respuestas en ecos y ruidos.
En tierras lejanas y rostros diversos,
exploró lenguajes, descifró vidas.
En cada rincón, en cada paraje,
halló mil historias, pero no las respuestas.
Siguió los senderos que otros trazaron,
con anhelos ajenos, su alma se ataron.
En mentes distintas, en corazones raros,
buscó la felicidad entre sus desvelos.
Desentrañó misterios en la luz de la aurora,
buscó en los libros, en la sabiduría que atesora.
En cada sonrisa, en cada suspiro,
creyó encontrar el tesoro que persiguió.
Conoció amores, desamores, romances fugaces,
tejió historias en los hilos de otros lugares.
Pero en el eco del silencio, en el rincón más hondo,
descubrió la verdad: su ser, su mundo.
La respuesta no estaba en mapas ni direcciones,
sino en el espejo de sus propias reflexiones.
Se hallaba a sí misma en la quietud del ser,
un reencuentro consigo, un volver a nacer.
En la introspección, en el diálogo interno,
encontró la paz, el anhelado verano.
No eran los otros, no eran los lugares,
sino abrazarse a sí misma, sin titubear.
En el espejo de su alma, la verdad reflejada,
una sonrisa brotó, nueva alborada.
No más búsquedas externas, ni viajes sin fin,
pues la felicidad empezaba desde el propio ser tu.