Es un estante tumbado
de libros vivos
o marchitados,
que gritan una elegía
y susurran comedias.
Todo a la vez,
porque el hombre inspirado
no encuentra emoción
en este mundo alejado.
No hay métrica ni crónica
tan especial
como la del libro olvidado.
En su pozo de letras,
viciado,
aclimatado,
el hombre de tinta
sosiega su corazón atormentado
del punzante caos inmoral
que azota a cualquier mortal.