Ella prendió el televisor. Salí de la sala y entré al cuarto. Nuestros ojos se cruzaron. Solté mi correa y quité los botones de mi camisa. Ante ella fui dejando caer cada pieza. Mi piel brillaba, las pupilas húmedas y el corazón al galope. Como único testigo, un helado se deshacía al ritmo de mi ropa. Ella no se inmutó; me sostuvo la mirada con una sonrisa que me encendió el rostro. Me alejé entonces, sabiendo que ya no me pertenecía.
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