—Apártate, avecilla sin gracia —le decía el pavo real alzando la cabeza—. Tu color apagado mancha el esplendor de mi jardín.
El gorrión, sin ofenderse, respondía con dulzura:
—La belleza está en los ojos de quien mira, amigo pavo real. Pero yo no busco belleza, busco bondad.
El pavo real se reía y seguía pavoneándose entre sus aduladores. Sin embargo, una tarde de verano, una tormenta feroz sacudió el jardín. Un fuerte viento arrancó una zarza espinosa que, al caer, enredó la magnífica cola del pavo real contra un viejo tronco. Cuanto más forcejeaba, más se enredaban sus preciadas plumas.
Aterrorizado, pidió auxilio a sus amigos los colibríes.
—¡Oh, amigos! ¡Ayudadme! Mis plumas se están rompiendo.
Pero los colibríes, temerosos de dañar sus delicadas alas con las espinas, exclamaron:
—Lo sentimos, pero es muy peligroso. Además, ¡qué desagradable es tu situación! Adiós.
Y se marcharon volando.
Luego suplicó a las mariposas:
—¡Hermosas mariposas, por favor, liberadme!
Estas, sin embargo, se alejaron revoloteando con desdén:
—No podemos ensuciarnos con el barro, querido pavo. ¡Busca a alguien más!
El pavo real, desesperado y sintiendo que su orgullo se desvanecía con cada espina que le desgarraba, lanzó un grito de agonía. En ese momento, el pequeño gorrión se acercó. Sin decir una palabra, se posó en la zarza y comenzó a picotear una a una las duras espinas que aprisionaban al pavo real. El pico del gorrión era pequeño y débil, y las espinas eran agudas. Se hirió, perdió algunas plumas grises y su esfuerzo era inmenso, pero no se rindió.
Pasaron horas. Al fin, la última espina cedió y el pavo real quedó libre. Su cola estaba maltrecha y ya no brillaba, pero su corazón, por primera vez, sintió un calor que no provenía del sol.
Con lágrimas en los ojos, el pavo real se inclinó ante el gorrión:
—Perdóname, pequeño. Busqué amigos entre los que tenían alas de colores, pero solo tú, con tus plumas apagadas y tu pico frágil, tuviste el valor de quedarte y ayudarme en mi peor momento. Dime, ¿cómo puedo pagarte?
El gorrión, acicalándose las heridas, respondió con una sonrisa:
—No necesito plumas de colores ni grandes lujos. Solo necesito que recuerdes que la amistad verdadera no se encuentra en el brillo del exterior, sino en la luz que brilla en el interior cuando todo lo demás se oscurece.
Moraleja: La verdadera amistad no se demuestra en los días de gloria, sino en las horas de tormenta. No busques amigos que solo reflejen tu luz; busca aquellos que estén dispuestos a darte la suya cuando la tuya se apague. Porque un amigo fiel vale más que mil admiradores.
Importante: Las imágenes fueron tomadas de Pixabay.