Mientras todo esto sucedía en Europa, en las Américas se vivía una época de bonanza y paz que representaban una excelente alternativa para tantos inmigrantes que se acogieron a esos planes especiales de ayuda humanitaria, tan necesaria en ese momento con Europa convulsionada.
En Venezuela se vivía la dictadura de Marcos Pérez Jiménez (1951 – 1958), cuando llegaban al Puerto de la Guaira barcos llenos de inmigrantes europeos, dónde muchos hombres y mujeres eran embarcados sin noción cierta de adonde se dirigían, salían desesperados, huyendo de la escasez y miseria reinante.
Los criollos a todos los llamaban “el musiu” o “la muisua”, según se tratase de un hombre o una mujer, ese nombre viene del vocablo francés Monsieur, que significa señor, ya que en Venezuela hubo una marcada influencia de la cultura francesa en la época de Antonio Guzmán Blanco quien gobernó Venezuela por tres períodos constitucionales.
En esa época de la dictadura de Pérez Jiménez, en la que producto de la explotación petrolera habían inversiones por doquier, se construían autopistas, plantas de refinación de crudo, centros comerciales, era una Venezuela pujante. Ciudades del centro del país eran un imán para los pobladores del llano venezolano.
Quienes vivieron esa época saben que en cada ciudad se agrupaban los paisanos en sitios dónde vivieran cerca los unos a los otros. En Maracay los italianos se agrupaban en los alrededores de la Av. Bermúdez y en la Av. Miranda, dónde montaban sus negocios y se iban trayendo progresivamente a sus familiares, amigos a quienes apoyaban mientras se establecían en nuestro país.
De ese par de inmigrantes vengo yo, si no se hubiesen conocido yo no estuviese aquí escribiendo este post. El mundo va cambiando, la población se va moviendo, a veces se puede planificar, otras veces no, y así suceden las cosas, lo que algunos llaman destino.
Entonces, sé que existo gracias a un italiano apodado el “Musiu” y de una joven llanera que un buen día se tropezaron en la calle Carabobo de la ciudad de Maracay…, quién lo iba a pensar!. Pero, cuando llegué a la edad de 2 años mi padre, se tuvo que ir de Venezuela, esta vez se fue a los Estados Unidos de Norteamérica y, fue hasta unos ochos años después que supe de su amor por mí y así a la distancia sólo nos comunicábamos por correo, eran cartas que tardaban hasta más de 1 mes en llegar y progresivamente se llenó mí espíritu de magia, de ilusión y de esperanza por un futuro encuentro que fue alimentando una nueva relación.
Sus cartas eran simples, muy sencillas y amorosas. En ellas, siempre me incluía en sus planes, deseó que yo me fuera a vivir con él junto a su nueva familia y siempre con la sana intención de un buen padre para apoyar a mi formación escolar y desarrollo como ser humano.
No pude conocer a los nonos de Italia, ni a otros familiares por parte de papá, hoy están regados por el mundo, a ellos los conocía por las cartas que me escribía mi padre dónde me decía sus nombres, a que se dedicaban, me contaba sus historias de vida en Bari.
Eventos como la segunda guerra mundial dieron origen a muchas historias, cuentos y relatos, hoy les comparto parte de mi historia de vida. De esos momentos narrados guardo en mis memorias de lo vivido y conservo como uno de mis más preciados tesoros, por eso lo tengo en un cofre que guardo celosamente y dónde están todas las cartas ya envejecidas por el paso del tiempo que me escribía el musiu, mi papá, Alfonso Barone.
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