Hay que tener valor para extirparse una parte del cuerpo sin remordimientos, miedos o dudas. Y quizá, un poco de locura también.
Primeramente, debemos atrevernos a pintar nuestro autorretrato, una y otra vez, incansablemente, tal como hizo Vincent. Para ello hay que trazar cada detalle de nuestras facciones, resaltar tonos oscuros y claros, crear contrastes y atenuar, sutilmente, esas partes que parecen imposibles de plasmar en cualquier tipo de arte. Todo esto, claro está, sin dejar de tachar aquí y allá nuestros defectos, pues a la primera erraremos por no ser expertos en tan vergonzosa empresa.
Luego de varios intentos, debemos aceptar nuestra inconformidad y resignarnos a dejar, en nuestra obra, aquello de lo cual no nos orgullecemos; pues de lo que sí estamos orgullosos, tenemos la certeza, al menos, que servirá para satisfacer nuestras vanidades.
Y cuando creamos que hemos acabado, lo mejor será apagar las luces del estudio y salir a tomar una cerveza. Entonces nos queda fluir a través de minutos y horas hasta que se conviertan en días. Para luego volver, tras ese lapso de tiempo indefinido, a contemplar lo retratado.
Llegados a este punto, hay que decidir si exhibir o no lo pintado. En todo caso, si surge una negativa, nada pasará y podremos empezar desde cero cuando lo queramos. En cambio, si nos envalentamos y preferimos mostrar nuestra novatada, quizá después debamos actuar del mismo modo que Vincent: cercenar alguna parte del cuerpo o alma, envolverla y obsequiársela a la vida, la cual tal vez se quede atónita antes de salir a trabajar para el burdel.
La imagen utilizada pertenece a Wei Ding, fotógrafo de Unsplash.com.
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