Esa mañana desperté con un aire de superioridad fuera de lugar. Me veía al espejo y repetía frases como: soy el mejor, mi inteligencia es envidiable, no hay mujer que se resista a mis encantos, etc. La noche anterior Sofía se había quedado a dormir conmigo. Cuando despertó y notó mi semblante, dijo: «Solo el ignorante viste de arrogancia». Al oír estas palabras enfurecí e intenté golpearla, por fortuna ella se alejó, aterrada. Ante lo que quise hacer de manera inconsciente, me maldije y salí del apartamento odiándome; pero no como cualquiera odiaría a su propio ser, no; yo era mejor que eso: mi odio carecía de símil.
Golpeé paredes y murmuré palabrotas en el camino, todas dirigidas a mí. Pasé por un mercado de purgas y llamó mi atención un viejo que gritaba en las afueras de una tienda ofreciendo soluciones. El curioso vendedor de ropa aseguraba que la vestimenta exhibida no podía ser tomada a la ligera porque cumplían funciones capaces de influir en la personalidad y generar un cambio significativo. Observé los trapos escudados tras las vitrinas con incredulidad.
Luego de convencerme que no perdería nada al seguir su juego, pregunté qué podía regalarle a un amigo arrogante que estaba de cumpleaños. El vendedor, oculto tras un mostacho, sonrió y habló con amabilidad sobre los pantalones de la humildad, la franela de la empatía, los zapatos de la tolerancia y unos calzoncillos de la honestidad deshilachados. Indignado, opté por retirarme sin creerle nada. No obstante, el viejo me cortó el paso, exigiendo que esperara. Entró en la tienda y salió con una gabardina negra colgándole del brazo, la cual convertía a quien la usara en una persona modesta.
Tomé la gabardina entre mis manos y aprecié el olor a ropa nueva entrando por mis fosas nasales en medio de una danza armoniosa. Pensé en Sofía y en la reciente disputa. Pagué lo justo y me retiré, garantizando por lo bajo que a mi colega le causaría gracia tal obsequio. Avancé varias callejuelas y me la coloqué.
Sorprendentemente, mientras compraba el desayuno en la panadería, socialicé con el dependiente de una forma que no lo había hecho jamás. Ganándome su amistad y respeto. De regreso a casa me crucé con varios de mis estudiantes, quienes al verme se enfrascaron en llenarme de elogios y recordarme lo buenas que eran mis clases; no pude evitar rechazar los halagos y recordarles que eran ellos quienes hacían posible que nuestras sesiones de estudio fueran tan amenas. Luego, al estar frente al edificio del apartamento, el Sr. Cerbero —portero fiel y buen amigo—, me saludó y pidió que lo ayudará a despejar una duda respecto al lenguaje. Por aquel entonces yo era un profesor de literatura consagrado y estaba acostumbrado a prestar mis servicios. Pasados diez minutos terminé de explicar al hombre algunos problemas gramaticales. Este no dudó en llamarme sabio y demás. Le hice saber que, pese a mi antigüedad, yo no sabía nada y por ende no merecía semejantes honorarios.
Tras despedirme, subí al apartamento invadido por un sentimiento extraño y me disculpé con Sofía por teléfono, puesto que ya se había ido. Le hablé de mi interés por cambiar y de las sensaciones que había tenido luego de intentar ser mejor en mi trato con los demás. Ella alegó que yo no lo estaba haciendo de corazón y colgó. Sopesé aquellas palabras y deduje que el sendero para obtener su perdón era de longitudes incalculables.
El matutino sol comenzaba a hacer de las suyas y la temperatura subía al galope. Después de desayunar, me quité la gabardina y la tiré sobre una de las sillas. En ese momento comprendí lo ocurrido. Una etiqueta cosida internamente, de esas que describen el tipo de tela y la marca de ropa, asomaba a la altura del cuello. En una de sus caras la leyenda rezaba:
Made in China.
Fake modesty collection.
Wash with cold water.
Do not use bleach.
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