Hay errores que aún suelo cometer,
costumbres de un corazón que no aprende:
llamar «amigo» a cualquiera al responder,
a quien llega de paso y no me entiende.
Les abrí la puerta entera de mi historia,
fui refugio sincero en su tormenta,
dejé mis cosas de lado por su gloria,
sin notar que mi dolor no les importa.
Cuando el tormento me tocó a mi puerta,
solo encontré silencios y evasivas;
mi vulnerabilidad quedó expuesta
entre burlas y palabras agresivas.
Se agobian si les cuento lo que siento,
el papel de ser amigo les queda gigante,
me juzgan de «intensa» en el intento,
como si mi voz no fuera relevante.
Soy sensible, lo sé, y doy demasiado,
buscando una empatía que no existe;
me aferré a quien solo era de pasado
y en ese abandono el alma se entristece.
Hoy entiendo la lección tras el tropiezo:
no todos merecen saber quién eres,
no a cualquiera se le entrega un proceso,
ni se le regalan sentimientos ni quereres.