Es fácil tomar decisiones desesperadas. Las venden en el bar de la vida a un módico precio. El desdichado que ahoga sus penas en esa bebida tiene por costumbre no pensar demasiado. Las preocupaciones tiran de él con mayor fuerza que la razón. Aunado a ello el trastorno de ansiedad lo mantiene en constante conflicto con el porvenir, y su existencia se reduce a pasos maltrechos producto de su adicción.
En ese tipo de sitios, el cantinero ofrece a la clientela varias botellas. La de mayor precio requiere incluso de cierto bagaje cultural para poder adquirirla; pero los sabios son tan escasos que, hay quienes suelen preguntarse quién podría en la sociedad actual costearse tal servicio.
De las más accesibles cabe destacar la más solicitada, para obtenerla solo necesitas ser indiferente y así embriagarte de no hacer nada. Qué vida se dan sobre los taburetes quienes llenan sus vasos con tan parsimonioso néctar. Dentro de ese mismo grupo, es sensato escoger la que exige beberla con pausa, para poder degustar y prever las consecuencias a futuro.
Por otro lado, las más económicas, como se ha dicho con anterioridad, son las preferidas de los infelices. Basta con un sorbo para entrar en el círculo vicioso. Quienes —lamentablemente— ingieren esta bebida, entran y salen del bar con una frecuencia preocupante y de la mano del afán.
Un día fui a emborracharme en compañía de la soledad y pedí un trago con indiferencia. A mi lado estaba un hombre menudo y raquítico. Revolvía en su vaso una bebida parecida a la orina. Me miró con un semblante cansado y reparó en la observación que yo hacía.
—Es todo lo que puedo pagar —dijo.
Empinó el vaso y tras sorber el líquido amarillento estrelló una sonrisa en dirección a mí. Asentí correspondiendo el gesto y apuré mi bebida intentando no pensar en el hedor que el hombre expelía. De su boca y poros el estrés salía a borbotones. Recordé que mi padre solía decir: «lo barato sale caro». Y vaya que tenía razón.
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