Poeta y decimista cubano (San Miguel del Padrón, La Habana, 30 de septiembre de 1922 – La Habana, 30 de diciembre de 2005). Figura esencial de la poesía popular y culta en Cuba, alcanzó enorme prestigio por su dominio de la décima espinela, que elevó a niveles de elegía, reflexión filosófica y canto patriótico. Su obra, marcada por ternura, hondura y compromiso, lo consagra como uno de los grandes maestros de la lírica cubana contemporánea. Foto: La Jiribilla.
LA FUGA DEL ÁNGEL
¿Adónde fuiste, ángel mío,
en la última travesura?
Tal vez quiso tu ternura
mudarse para el rocío.
Te fuiste como en el río
un pétalo de alelí;
y has dejado tras de ti
una estela de cariño,
recuerdo que, como un niño
sin cuerpo, va junto a mí.
Eres, pues, un niño abstracto
y vienes cuando te invoco,
vida intocable que toco
en una ilusión del tacto.
Te veo vivo y exacto
andando a mi alrededor,
y escucho tu voz ―rumor
como de ala que se aleja―:
¡qué zumbido sin abeja!
¡qué trino sin ruiseñor!
Es que estás,
aunque no estás,
cual vuelo de mariposa
sin mariposa, cual rosa
de perfume nada más.
Te fuiste y conmigo vas,
aunque el mundo no te ve,
ni sabe como yo sé
que, diluido en la brisa,
aún vives, como sonrisa
sin boca, y paso sin pie.
Es todo lo que me queda
de ti: verdad sin verdad;
una como suavidad de seda,
pero sin seda;
aroma de rosaleda
sin más presencia que aroma;
donaire de la paloma,
pero no más que donaire;
niño pintado en el aire
hablándome sin idioma.
Una piedad de la muerte
hay en esto de mirarte
sin mirarte, y de palparte
sin palparte, ni tenerte;
pues evocarte, traerte
por la ruta de un clamor,
es endulzar el dolor
de la ausencia más glacial,
con un sabor de panal
que sólo fuera sabor.
✨ Este poema en décimas es una elegía de altísima delicadeza, donde la voz lírica se enfrenta a la ausencia de un ser querido —un ángel, metáfora del niño perdido, del espíritu que se escapa— y lo convierte en presencia intangible. Naborí, maestro de la décima cubana, logra aquí un equilibrio entre ternura y dolor, entre la imagen concreta y la abstracción espiritual.
🌿 La ternura fugaz
El poema abre con una pregunta desgarradora: “¿Adónde fuiste, ángel mío, en la última travesura?” La ternura del ángel se ha mudado al rocío, se ha ido como pétalo en el río. La metáfora es de fragilidad y belleza: la partida es suave, pero definitiva. El hablante reconoce la huella que queda: una estela de cariño, un recuerdo que lo acompaña como niño sin cuerpo. La ausencia se transforma en compañía invisible.
👶 El niño abstracto
La segunda décima profundiza en la paradoja: el ángel es un niño abstracto, vida intocable que se toca en ilusión del tacto. Aquí Naborí despliega su maestría: convierte la contradicción en poesía. El niño está vivo y exacto, pero su voz es rumor de ala que se aleja, zumbido sin abeja, trino sin ruiseñor. La música de la naturaleza se invoca para señalar lo que falta: la forma sin sustancia, el sonido sin origen.
🦋 La presencia ausente
La tercera décima es un prodigio de imágenes: “Es que estás, aunque no estás, cual vuelo de mariposa sin mariposa, cual rosa de perfume nada más.” La ausencia se vuelve presencia en la memoria. El ángel acompaña al hablante aunque el mundo no lo ve. La brisa lo diluye, pero sigue vivo como sonrisa sin boca, paso sin pie. Es la poética de lo intangible: la vida que persiste en lo inmaterial.
🌹 La verdad sin verdad
La cuarta décima insiste en la paradoja: lo que queda es “verdad sin verdad”, suavidad de seda sin seda, aroma de rosaleda sin más presencia que aroma. El ángel es donaire sin paloma, niño pintado en el aire. Naborí logra aquí una serie de imágenes que despojan la materia y dejan solo la esencia. Es la elegía como ejercicio de desmaterialización: el ser amado se convierte en pura metáfora, en signo sin cuerpo.
⚰️ La piedad de la muerte
La última décima introduce la dimensión teológica: “Una piedad de la muerte hay en esto de mirarte sin mirarte, y de palparte sin palparte.” La evocación es acto de misericordia: traer al ausente por la ruta del clamor endulza el dolor de la ausencia más glacial. El sabor del panal, aunque sea solo sabor, es consuelo. La poesía se convierte en acto de fe: la palabra rescata al ausente, le da dulzura al vacío.
📌 Naborí, maestro de la elegía en décimas
“La fuga del ángel” es una elegía que desnuda la experiencia de la pérdida y la transforma en canto. Naborí, con su dominio absoluto de la décima, logra un poema donde cada imagen es paradoja: presencia sin cuerpo, voz sin origen, verdad sin verdad. La ternura del ángel se convierte en símbolo universal de la ausencia que acompaña, del dolor que se endulza con memoria.
Este texto revela la capacidad de Naborí para unir lo popular y lo metafísico: la décima, forma tradicional campesina, se eleva aquí a reflexión ontológica sobre la vida, la muerte y la permanencia del amor. Es un poema que consuela porque convierte la ausencia en compañía, la pérdida en sonrisa sin boca, paso sin pie.