Se que está versión mia no es tu favorita. Me ves cansada, uso pijama todo el día y mi cabello es un completo desastre. Ni hablar de mi cuerpo, lleno de estrías y kilos demás. Se que cambie, cambie tanto, que es fácil pasar de largo y no mirarme. Ya no soy esa chica y nunca más lo seré. Pero en medio de todos estos cambios, quiero que recuerdes quien fui, quiero que decidas cuidarme y valorarme. De mi, para mí. Porque me doy cuenta de cómo nos hablamos últimamente en la intimidad de nuestra mente. Veo la dureza en la mirada cuando cruzamos accidentalmente con nuestro reflejo en el espejo del pasillo, esa mueca de desaprobación que se asoma antes de que tengamos tiempo de apartar la vista. Hemos sido implacables, nos hemos convertido en la jueza y el verdugo de este cuerpo que, si te detienes a pensarlo con justicia, no ha hecho más que sostener un milagro tras otro.
¿Recuerdas cómo era el silencio? Ese silencio absoluto que antes nos envolvía a voluntad, donde podíamos pensar sin interrupciones, trazar planes perfectos, perdernos en nuestras propias historias y proyectos, siendo dueñas absolutas de nuestro tiempo. Hoy, ese silencio es un lujo inalcanzable, una reliquia de otra vida. Nuestra casa respira ahora con el eco constante de dos voces pequeñitas, de risas, de llantos, de pasos apresurados y de demandas que no saben de esperas, ni de pausas, ni de nuestro propio agotamiento. Sé que hay días en los que el ruido simplemente abruma, en los que te escondes un par de minutos más en el baño o en la cocina, cerrando los ojos solo para respirar, anhelando desesperadamente un solo instante de aquella soledad que antes dábamos por sentada.
Y quiero decirte algo muy importante: no te sientas culpable por extrañarla. Sentir que a veces no puedes más no te hace una mala madre; te hace humana. Te hace una mujer que se está entregando por completo, dividiendo su corazón y su energía todos los días, a veces hasta sentir que te quedas vacía por dentro.
He visto cómo, casi sin darte cuenta, te dejas siempre para el final de la lista. El café que se enfría en la mesa porque hubo que atender un berrinche o limpiar un derrame, las noches de sueño fragmentado que te dejan los ojos pesados, la agenda dividida en mil pedazos intentando hacer malabares con el hogar, las responsabilidades, la necesidad visceral de crear y la exigencia de estar siempre presente. Y en medio de ese torbellino imparable, hemos olvidado a la mujer que sostiene todo este pequeño mundo.
Nos hemos convencido, casi como un castigo, de que este cuerpo marcado es un cuerpo estropeado. Qué ceguera la nuestra. Este cuerpo es un mapa. Cada estría es un río valiente por donde navegó la vida, el lienzo sagrado donde se dibujaron, milímetro a milímetro, nuestras dos historias más preciosas. Esos kilos de más, que tanto te mortifican cuando intentas probarte la ropa de antes, son en realidad el refugio cálido que ellas han buscado cuando el mundo les asusta, el nido mullido donde encuentran la paz absoluta que a ti, últimamente, te falta.
Por eso, hoy quiero pedirte perdón. Un perdón profundo y sincero. Perdón por las veces que te he exigido ser la de antes, sabiendo perfectamente que la de antes no habría soportado ni la mitad del peso que tú sostienes hoy con tanta gracia y entereza. Aquella chica del pasado era libre, sí, y era hermosa en su ligereza, en su ingenuidad frente al mundo. Pero tú... tú eres extraordinariamente fuerte. Tienes una profundidad en el alma que ella ni siquiera era capaz de imaginar. Has descubierto rincones de tu corazón que estaban a oscuras y que ahora se encuentran inundados por el amor más fiero, instintivo y desinteresado que existe en el universo. Has aprendido a amar doliendo, a cuidar estando rota.
A veces te sientas a intentar crear, a darle forma a tus ideas, a recuperar esa chispa de mujer productiva, y la mente está tan nublada por el cansancio que parece que todo cuesta el doble. Te exiges rendir como si no llevaras el inmenso peso emocional de criar y sostener a otros. Pero, ¿acaso no ves el mérito enorme de seguir intentándolo? De seguir buscando tu propia voz en medio de todo este hermoso ruido constante.
Por eso te escribo esto. Para hacer un pacto inquebrantable entre tú y yo. Necesito que, a partir de este preciso momento, me mires con la misma ternura absoluta con la que miras a tus hijas cuando duermen. Para ellas, tú eres un universo entero, eres el hogar, la seguridad, la criatura más hermosa y fuerte de la tierra. ¿Por qué te empeñas en contradecirlas? Ellas ven tu esencia, no tus medidas ni tu agotamiento. Necesitamos empezar a tratarnos con esa misma gracia, con una paciencia infinita y reparadora.
Si el pijama es nuestro uniforme de batalla estos días, que así sea. Si el moño despeinado es nuestra corona, llevémosla con la dignidad de quien está construyendo los cimientos emocionales del futuro. Pero te lo ruego: no te olvides de mí. No me dejes rezagada en el rincón de las prioridades. Tómate el tiempo de abrazarme en el silencio de la madrugada, de mirarme a los ojos frente al espejo y decirme que lo estamos haciendo bien, que somos suficientes. Permítete equivocarte sin castigarte, permítete llorar a mares cuando la carga sea demasiado pesada de llevar, pero nunca, nunca vuelvas a dudar de tu valor incalculable.
Ya no somos la chica que éramos, es una verdad irrefutable. Hemos perdido algunas cosas en el camino, hemos soltado partes de nuestra antigua identidad para hacer espacio a algo mucho más inmenso y trascendental. Pero lo que está naciendo de estas cenizas de agotamiento diario es una mujer real, genuina, poderosa, que ama con una ferocidad que estremece el mundo. Así que, por favor, decide cuidarme. Decide quererme con convicción en esta etapa de transición incierta, en este caos hermoso y terrible que es dar vida y criar. Prométeme que, incluso en los días más grises, donde el espejo no sea nuestro amigo y el cansancio amenace con ganarnos la partida, cerraremos los ojos, respiraremos profundo y recordaremos que somos nuestro propio hogar. De mí, para mí, con todo el respeto, la compasión y el amor infinito que merecemos y que, por tanto tiempo, nos hemos atrevido a negarnos.