Qué privilegio es estar cansado por cuidar niñas sanas que juegan todo el día. Qué privilegio es vivir rodeado de risas y caos maternal. Qué privilegio es ver el amor de Dios, en pequeños pasos, en ojitos tiernos, en la pureza de un corazón que está empezando a caminar en este mundo.
A veces, al final de la jornada, cuando la casa finalmente queda en silencio y mis pies duelen de tanto ir y venir, me detengo a mirar el desorden que ha quedado en la sala. Los juguetes esparcidos por el piso, las pequeñas migajas en la mesa, las manchas de manos pequeñitas en los cristales de las ventanas. Para el mundo exterior, esto podría parecer un simple desastre doméstico, una lista interminable de tareas pendientes que amenazan con agotar la poca energía que me queda. Pero para mí, cuando logro mirar más allá del cansancio físico, es la evidencia más hermosa de que esta casa está viva y respira.
Qué privilegio es recoger juguetes, porque eso significa que mis hijas tienen algo con qué jugar y la imaginación suficiente para crear mundos enteros en medio de la sala. Qué privilegio es lavar montañas de ropa pequeñita, manchada de tierra, de comida o de pintura, porque eso es sinónimo de que están explorando, de que están descubriendo texturas, sabores y colores bajo la seguridad de un techo que nos cobija. Vivir en un hogar donde podemos resguardarnos del frío, donde hay camas calientitas esperando por ellos al caer la noche y alimento en nuestra mesa, es una bendición que muchas veces damos por sentada en medio del ajetreo diario.
Cuando el agotamiento me susurra al oído que no puedo más, intento recordar cómo suena el silencio del miedo. El silencio que ensordece los pasillos de un hospital, la angustia profunda de una madre que vela por la salud frágil de su pequeño. Y entonces, el grito eufórico de mi hija mayor corriendo por el pasillo, o incluso el llanto frustrado porque una torre de bloques se ha derrumbado, se transforman de pronto en la melodía más dulce. Qué inmenso y abrumador privilegio es que mis mayores preocupaciones hoy sean un raspón en la rodilla por correr demasiado rápido, o lidiar con un berrinche pasajero, y no una enfermedad que apague su vitalidad. Su salud es un regalo inmerecido, un milagro diario que salta, canta y corretea frente a mis ojos.
La maternidad es este viaje paradójico donde das todo de ti hasta quedar vacía, solo para darte cuenta de que nunca habías estado tan llena de amor. Es despertar a las tres de la mañana con los ojos pesados por el sueño, para acunar a un niño que tuvo una pesadilla, y sentir en esa oscuridad la inmensidad de la misericordia divina. Dios nos confía estas almas frágiles, moldeables, eternas. Nos permite ser su refugio, los brazos que consuelan, la voz que calma los temores. En cada madrugada, en cada fiebre leve, en cada beso que cura mágicamente un golpe, estamos siendo instrumentos de Su gracia y testigos de Su amor incondicional.
Y sí, el caos maternal puede ser abrumador. Hay días donde la paciencia parece evaporarse, donde las lágrimas de frustración también asoman en mis propios ojos, donde me pregunto si lo estoy haciendo bien o si estoy cometiendo demasiados errores. Pero en medio de esa tormenta de dudas, basta con entrar a su cuarto por la noche, arroparlos y mirar sus pechos subir y bajar rítmicamente mientras duermen para que todo vuelva a su lugar. El agradecimiento inunda mi alma de golpe y lava cualquier queja que pudiera haber pronunciado.
Atesoro este cansancio profundo en mis huesos. Lo abrazo como la medalla de honor más grande que jamás podré portar. Porque sé muy bien que estos días son fugaces. Sé que llegará un momento inevitable en que la casa estará perfectamente ordenada, donde no habrá piezas de plástico traicioneras en el suelo, donde el silencio será la norma y no la excepción. Llegará el día en que estos pasos pequeños, que hoy me siguen a todas partes, se conviertan en zancadas firmes que los llevarán lejos de mi regazo, a construir sus propios caminos, sus propios hogares y sus propios sueños.
Por eso, elijo agradecer el vaso de jugo derramado, las risas estridentes que interrumpen mis pensamientos, las preguntas interminables que desafían mi conocimiento, y el peso cálido de un cuerpecito dormido sobre mis hombros. Qué inmenso privilegio es este agotamiento. Qué maravilloso regalo es este bendito caos que llena mis días. Qué gracia tan infinita es poder llamarme "mamá" y ser testigo de primera fila del milagro de la vida, viendo crecer sanas, libres, felices y amadas a quienes son, sin duda alguna, el pedacito de cielo que Dios decidió regalarme en la tierra. ❤️