Cuando en el silencio me inmerso, cuando los recuerdos inundan mi mente con un océano de problemas, mi alma habla; me cuenta lo que necesito escuchar, me hace saber que puedo resolver cualquier rompecabezas, que puedo manejar la situación, que encontraré la salida de este laberinto, de este círculo vicioso en el cual me encuentro, por el que doy vueltas y veo a cada instante imágenes de momentos que causan un impacto negativo en mi estado de ánimo.
Cuando el silencio toma mi mano, se adhiere a mí, se introduce en mis venas, se pasea por mi cuerpo como si fuera su casa desde tiempos primitivos, como si ya él existía antes que todo, y tal vez sí, quizás forma parte del universo. Entonces este viejo amigo aparece y apaga el sonido del mundo, me encuentro callado, cierro los ojos y me escucho por dentro, percibo que estoy vivo, y pienso en que eso es lo que importa; que estoy respirando y que mi organismo funciona perfectamente.
Algunos silencios traen consigo gotas saladas que se desbordan por nuestras ventanas, la visión se desenfoca cuando las gotas se acumulan antes de lanzarse al vacío, varias caen en forma de recuerdo, otras tienen rostros, unas cuantas poseen nombre y apellido. Cierto grupo no cuenta con la fuerza emocional para caer al suelo, se quedan atrapadas en nuestro rostro árido, afligido por un dolor arcaico.
Pienso que cada quien tiene una forma de crear el silencio para encontrarse consigo cuando está perdido. Podría decirse que somos capaces de recrearlo también, usando la música, pintando, ejercitándonos, hasta combinando dos de ellas, como por ejemplo: Ejercitarte mientras escuchas música. Hay diversas maneras de encontrar ese silencio que nos permite conocernos, saber qué necesitamos y cómo podemos llegar a ello, únicamente debemos usarlo de la forma más eficaz para poder tomar la decisión correcta frente tanto ruido atroz en nuestro alrededor.