A través de los años uno va percibiendo la vida de maneras distintas.
Cuando se es pequeño uno cree que el tiempo de vida es cercano a infinito. Que falta muchísimo tiempo, para casarse, para tener hijos y ni que hablar, para morir.
En la adolescencia y durante nuestra juventud, jugamos con ella e hicimos cosas atrevidas y arriesgadas, animados por la adrenalina y la inconsciencia, que pudieron haberla sesgado. Manejar borracho, cambiar de volante sin detener el auto, taparle los ojos desde el asiento trasero al que iba manejando, cruzar un paso a nivel con la barrera baja.
Pero estamos aquí. Vivos. Superando la mitad del tiempo de expectativa de vida en el hombre por más de una década y media.
Pero ahora vemos que no tenemos más abuelos. Que nuestros maestros del colegio tampoco están. Ni nuestro almacenero del barrio, Don Antonio, ni Don Félix el verdulero; ni Osvaldito el peluquero; ni Don Carlos, el electricista; ni Don Ramón, el jardinero. Todos aquellos personajes de mi infancia, están lejos, lejanos como San Martín, Belgrano o Sarmiento.
También se han ido muchos de los padres de nuestros amigos y hasta hemos perdido algunos compañeros de colegio.
Así de cíclica es la vida.
Nacer, crecer, reproducirse y morir.
Viendo estos cuatro verbos me asusta saber que ya he atravesado tres estadíos y sólo me queda uno.
Celebrábamos con María, mi mujer, hace poco, el hecho de tener a nuestros padres vivos. Y que mis hijos tuvieran tantos abuelos.
Pero eso también cambió. Y la vida sigue cumpliendo su rol evolutivo.
También les pasará a nuestros hijos, que hasta ahora sólo nacieron y están creciendo.
Y a los hijos de estos también les ocurrirá. Y perderán su almacenero, su verdulero, su peluquero, su electricista y su jardinero.
Es así.
La vida ya no es más infinita.
Se los juro.