Publicado en Español, Inglés y Portugués.
Buenas noches, que tengan un sueño reparador y una buena jornada mañana.
Hola, amigos lectores, hoy les propongo un cuento corto, que pienso desarrollar un poco mas. Espero lo lean.
Simón realiza una fuerte inspiración, se para de su asiento y abandona su oficina, sabe que se acerca la hora de llegar a su hogar, tomar un baño, hacer café y tener esa amena charla con su esposa Anita. Es unaconversación que transcurre cuando el sol expira. Existe un ritual, se sienta en su butacón favorito y comparte cada detalle de lo sucedido en el día, es tan importante para Simón, nadie comprende su necesidad, Anita debe conocerlo todo, ha sido su única compañía desde hace muchos años.
Los vecinos apenas conocen a Simón, consideran que es raro y poco comunicativo, algo escurridizo, no acepta invitaciones, ni obsequios. Lleva poco tiempo allí, su vida se caracteriza por mudanzas continuas, cada vez que algo amenaza la tranquilidad con su mujer abandona el lugar sin pensarlo, lo hace acompañado de algunas cosas de valor sentimental y junto a su amada.
La bella Anita, que ya no lo es tanto, es el sentido de vivir de Simón, se debe a ella. Aunque su piel perdió la lozanía y se ha vuelto oscura y sin brillo, así como su mirada se perdió en dos orbitas vacías, su presencia ocupa todo el corazón de ese hombre tan atormentado.
En los últimos días Simón está nervioso, en su trabajo, se ve distraído, asustadizo, sus compañeros se limitan a observar. Lo ven preguntar continuamente por flores pues pronto será su aniversario de bodas y los gladiolos no pueden faltar, es el regalo que cada año para esposa.
Pero no solo la ausencia de las flores lo hacen sentir preocupado, hay muchos niños en la urbanización y a él no le gustan los críos, según su criterio son fisgones y se la pasan intentando mirar por los cristales de las ventanas. Simón es muy cuidadoso con su hogar, no le gusta que lo visiten, es muy celoso con su privacidad.
Hace unos días vio al nieto del vecino asomado por la ventana de la sala. A pesar de tener unas cortinas con doble tela para que no entre la luz, el niño descubrió un pequeño espacio descubierto de tejido y vio algo que le hizo salir corriendo despavorido. Desde ese día Simón lo mira de manera intimidante, el incidente lo inquieta, a él no le gusta, no le gusta y punto, nadie tiene que mirar en su casa. Ya sabe que debe mudarse y debe ser rápido, será el día después del aniversario, en la madrugada, como de costumbre.
Ya es tarde, luego de hacer su acostumbrado café se sienta, lo degusta mientras conversa con su esposa, le cuenta lo del nieto del vecino, que le ha costado trabajo encontrar este año las flores preferidas de ella, pero que le preocupa ese rapaz, y se dio a la tarea de sellar con papeles los cristales de la sala, no más curiosos por ahí, no más
Llega el día del aniversario, pudo conseguir los gladiolos, se los lleva a su silla, los coloca en su regazo, así ha sido durante 15 años. La conversación rutinaria se hace más larga, recuerda los buenos tiempos y la mira con esa mezcla de ternura, dolor y arrepentimiento. Cuanto martirio hay en esa alma.
Charla con mucho ánimo, la plática se torna extensa, no es cualquier fecha, el champan acompaña el momento. Llega la noche y al fin se va a descansar luego de besar la frente áspera de Anita.
Amanece y el vecindario despierta con las sirenas de la policía, entran a la casa de Simón pero no hay nadie, en el sala solo falta un butacón, ausencia que se intuye por las marcas en el piso, también hay huellas sobre la alfombra parecidas a las que deja una silla de ruedas.
El vecino y su nieto observan preocupados, el alguacil indaga sobre lo que el niño había viso, pero encuentran nada.
Hace más de 6 horas por la autopista norte Simón conduce rumbo a su nuevo destino, con su Anita del alma , su asiento preferido y la culpa de haber provocado la muerte de su esposa hace quince años, no va en silencio, conversa con el cuerpo momificado de su mujer que lo acompaña a donde quiera que vaya.
—Esta vez iremos al campo Anita, será perfecto.
Good evening, may you have a restful sleep and a good day tomorrow.
Hello, dear readers, today I propose a short story, which I plan to develop a little further. I hope you read it.
Simón takes a deep breath, stands up from his seat and leaves his office. He knows it's almost time to get home, take a shower, make coffee and have that pleasant chat with his wife Anita. It's a conversation that takes place as the sun fades. There is a ritual: he sits in his favorite armchair and shares every detail of what happened during the day. It's so important to Simón; no one understands his need. Anita must know everything; she has been his only companion for many years.
The neighbors barely know Simón. They consider him odd and uncommunicative, somewhat elusive; he doesn't accept invitations or gifts. He hasn't been there long; his life is marked by constant moves. Whenever something threatens the peace with his wife, he leaves the place without a second thought, taking along a few sentimental items and his beloved.
The beautiful Anita, who is no longer so beautiful, is the meaning of Simón's life; he is devoted to her. Although her skin has lost its freshness and has become dark and dull, and her gaze has faded into two empty orbits, her presence fills the entire heart of that tormented man.
In recent days, Simón has been nervous. At work, he seems distracted, skittish; his colleagues just watch him. They see him constantly asking about flowers, because their wedding anniversary is coming up and gladioli cannot be missing—they are the gift he gives his wife every year.
But it's not just the absence of flowers that worries him. There are many children in the neighborhood, and he doesn't like kids. In his opinion, they are nosy and spend their time trying to peek through the windowpanes. Simón is very careful with his home; he doesn't like visitors and is very possessive about his privacy.
A few days ago, he saw the neighbor's grandson leaning out the living room window. Despite having double-layered curtains to keep out the light, the boy found a small uncovered gap in the fabric and saw something that made him run away in terror. Since that day, Simón has been staring at him intimidatingly. The incident unsettles him; he doesn't like it, he doesn't like it at all, and that's that—nobody should be looking into his house. He already knows he has to move, and it must be quick. It will be the day after the anniversary, at dawn, as usual.
It's late now. After making his customary coffee, he sits down, sips it while talking to his wife. He tells her about the neighbor's grandson, that it's been hard to find her favorite flowers this year, but that boy worries him. He took it upon himself to seal the living room windows with paper—no more curious onlookers around here, no more.
The anniversary arrives. He managed to get the gladioli; he takes them to her chair and places them on her lap, as he has done for 15 years. The routine conversation grows longer; he remembers the good times and looks at her with that mixture of tenderness, pain, and regret. So much torment in that soul.
He chats with great enthusiasm; the talk becomes lengthy—this is no ordinary date. Champagne accompanies the moment. Night falls, and finally he goes to rest after kissing Anita's rough forehead.
Morning comes, and the neighborhood wakes up to police sirens. They enter Simón's house, but no one is there. In the living room, only one armchair is missing—its absence inferred from the marks on the floor. There are also tracks on the carpet similar to those left by a wheelchair.
The neighbor and his grandson watch worriedly. The bailiff asks about what the boy had seen, but they find nothing.
For over six hours on the northern highway, Simón drives toward his new destination, with his beloved Anita, his favorite seat, and the guilt of having caused his wife's death fifteen years ago. He is not driving in silence; he talks to the mummified body of his wife, who accompanies him wherever he goes.
—This time we'll go to the countryside, Anita. It will be perfect.
Boa noite, que tenham um sono reparador e um bom dia amanhã.
Olá, amigos leitores, hoje lhes proponho um conto curto, que pretendo desenvolver um pouco mais. Espero que o leiam.
Simão faz uma forte inspiração, levanta-se da sua cadeira e sai do escritório. Sabe que está chegando a hora de chegar em casa, tomar um banho, fazer café e ter aquela agradável conversa com sua esposa Anita. É uma conversa que acontece quando o sol se põe. Existe um ritual: ele se senta em sua poltrona favorita e compartilha cada detalhe do que aconteceu durante o dia. É tão importante para Simão; ninguém entende sua necessidade. Anita precisa saber de tudo; ela tem sido sua única companhia há muitos anos.
Os vizinhos mal conhecem Simão. Acham que ele é estranho e pouco comunicativo, meio esquivo; não aceita convites nem presentes. Está ali há pouco tempo; sua vida é marcada por mudanças constantes. Sempre que algo ameaça a tranquilidade com sua mulher, ele abandona o lugar sem hesitar, levando consigo alguns objetos de valor sentimental e sua amada.
A bela Anita, que já não o é tanto, é o sentido da vida de Simão; ele se dedica a ela. Embora sua pele tenha perdido a viço e se tornado escura e sem brilho, e seu olhar se tenha perdido em duas órbitas vazias, sua presença ocupa todo o coração daquele homem tão atormentado.
Nos últimos dias, Simão está nervoso. No trabalho, parece distraído, assustadiço; seus colegas apenas o observam. Veem-no perguntar constantemente por flores, pois em breve será seu aniversário de casamento e os gladíolos não podem faltar—são o presente que ele dá à esposa todos os anos.
Mas não é apenas a falta das flores que o preocupa. Há muitas crianças no bairro, e ele não gosta de miúdos. Na opinião dele, são bisbilhoteiros e passam o tempo tentando espiar pelos vidros das janelas. Simão é muito cuidadoso com sua casa; não gosta de visitas e é muito cioso da sua privacidade.
Há alguns dias, ele viu o neto do vizinho debruçado na janela da sala. Apesar de ter cortinas com tecido duplo para não entrar luz, o menino encontrou uma pequena fresta descoberta de tecido e viu algo que o fez sair correndo apavorado. Desde esse dia, Simão o encara de maneira intimidadora. O incidente o inquieta; ele não gosta, não gosta e ponto final—ninguém tem que olhar para dentro da sua casa. Já sabe que precisa se mudar, e tem que ser rápido. Será no dia seguinte ao aniversário, de madrugada, como de costume.
Já é tarde. Depois de fazer seu café habitual, ele se senta, saboreia-o enquanto conversa com sua esposa. Conta-lhe sobre o neto do vizinho, que teve dificuldade em encontrar as flores preferidas dela este ano, mas que aquele rapaz o preocupa. E tratou de selar com papéis os vidros da sala—nada de curiosos por ali, nada mais.
Chega o dia do aniversário. Conseguiu os gladíolos; leva-os até a cadeira dela e os coloca em seu colo, como faz há 15 anos. A conversa rotineira se alonga; ele recorda os bons tempos e a olha com aquela mistura de ternura, dor e arrependimento. Quanto martírio há nessa alma.
Conversa com muito ânimo; a prosa se torna extensa—não é uma data qualquer. O champanhe acompanha o momento. Cai a noite e, finalmente, ele vai descansar depois de beijar a testa áspera de Anita.
Amanhece e o bairro desperta com as sirenes da polícia. Entram na casa de Simão, mas não há ninguém. Na sala, falta apenas uma poltrona—ausência que se percebe pelas marcas no chão. Há também pegadas sobre o tapete parecidas com as que uma cadeira de rodas deixa.
O vizinho e seu neto observam preocupados. O oficial de justiça pergunta sobre o que o menino tinha visto, mas não encontram nada.
Já há mais de seis horas na rodovia norte, Simão dirige em direção ao seu novo destino, com sua Anita da alma, sua poltrona preferida e a culpa de ter provocado a morte da esposa há quinze anos. Não vai em silêncio; conversa com o corpo mumificado de sua mulher, que o acompanha aonde quer que vá.
—Desta vez iremos para o campo, Anita. Será perfeito.
Cuento original de @camelia28