¿Amigo o enemigo?

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¿Amigo o enemigo?

Heredé la fortuna de mis difuntos abuelos y de mis padres cuando estaba casi en la adolescencia. Pero pronto descubrí que tener los bolsillos llenos de dinero no da la felicidad, me sentía muy solo. La gente me veía como algo inalcanzable o como un idiota al que podían robar parte de su mina de oro.


Entonces me compré un tren viejo y feo y empecé a explorar el mundo haciéndome pasar por un hombre de medios modestos que vivía de lo poco que encontraba en sus viajes.

Me llamo Morgan y mi corazón late al ritmo de las locomotoras. Desde que tengo memoria, he vagado por estaciones polvorientas, buscando algo que no puedo nombrar. Amigos, tal vez. Compañeros de vida con los que pueda compartir risas y secretos en las noches estrelladas. Pero en cada parada, siempre encontraba o descubría lo peor de la humanidad.



Mi primer encuentro fue en La Estación de los Alpes. Allí, un anciano de ojos cansados me ofreció un mendrugo de pan. "¿Amigo o enemigo?", me preguntó con voz ronca. No supe qué responder. El hambre me venció y acepté su ofrecimiento, pero unos minutos después descubrí que aquel pan estaba envenenado. El viejo se reía mientras yo me retorcía de dolor en el suelo. Sobreviví porque le revelé a un chico que le pagaría si me salvaba la vida.

En la siguiente estación, llamada las Sombras, conocí a Marina, una extraña muchacha de pelo plateado y ojos lluviosos. Me habló de los secretos y temores que guardaban los habitantes, de los susurros que únicamente oían los viajeros. Pero Marina también tenía un secreto. Por la noche, se transformaba en algo maligno y hambriento. Vi el comienzo de su transformación, sus garras y colmillos afilados. "¿Amigo o enemigo?", me preguntó. No pude responder y me fui de allí antes de que terminara de transformarse en bestia y me atacara.

Entonces llegué a La Estación de los Olvidados, allí encontré a Samuel, un hombre con cicatrices en el alma. Había perdido a su familia en una guerra sin sentido. "¿Amigo o enemigo?", me preguntó mientras bebía de una botella de licor. Le dije que era amigo, que compartíamos el dolor de la pérdida. Samuel sonrió y me abrazó. Pero esa noche, mientras dormía, me puso un cuchillo en el cuello y me ordenó que me quitara el único abrigo que tenía y me robó los zapatos. "La desolación nos hace crueles", murmuró antes de desaparecer en la oscuridad.



Casi con la idea de que el mundo está podrido y sin ganas de intentarlo lo hice una vez más. Me bajé en La Estación Espejismo, conocí a Eva, una hermosa mujer de ojos tristes y cabellos dorados. Me enamoré y pasamos unos meses juntos, me contó todos sus sueños rotos y promesas incumplidas. "¿Amigo o enemigo?", me preguntó un día. Quedé helado al oír de nuevo esa pregunta, y me ofreció un espejo pequeño. Cuando me vi en él, vi mi propio reflejo, distorsionado y curtido, estaba solo. Eva sonrió: "Todos somos enemigos de nosotros mismos, Morgan", dijo. Y desapareció en la niebla, dejándome solo con mi imagen fracturada.

Ahora, mientras escribo estas palabras sentado en un oscuro rincón de mi vagón, me pregunto si alguna vez encontraré un verdadero amigo, si realmente existe el amor. Tal vez la humanidad esté condenada a ser su propia desolación. No obstante, seguiré buscando en cada trayecto la respuesta eterna: ¿amigo o enemigo?

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