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La búsqueda del equilibrio entre nuestra identidad y nuestra convivencia con el otro es, quizás, el reto más grande de la salud mental moderna. Recientemente, el amigo @emiliorios nos ha desafiado con dos propuestas potentes, una de ellas del "Séptimo Día" y su publicación anterior sobre cómo las etiquetas y el reduccionismo cognitivo nos encasillan. Refiriéndome a la iniciativa del "Séptimo Día", la importancia de establecer límites no negociables, agrego a este diálogo la enriquecedora visión de
@issymarie2, cuya respuesta añade matices necesarios sobre la percepción humana.
¿Fronteras del Alma o Cárceles Mentales?
En las siguientes líneas, me propongo desgranar estos conceptos no desde la adulación, sino desde la observación crítica de quien ha vivido entre dos mundos: la calidez invasiva del trópico venezolano y la estructura respetuosa del norte canadiense.
El Reduccionismo y la "Trampa de la Gentileza"
Emilio Ríos nos habla de la complejidad de las etiquetas. En nuestra cultura latina, específicamente en Venezuela, las etiquetas suelen ser herramientas de cohesión social, pero también de control. "El vecino servicial", "el buen cristiano", "el amigo que siempre está". Bajo estas etiquetas, a menudo escondemos nuestra incapacidad para decir "no".
Recuerdo mis años en Caracas. Tenía el hábito de preparar café a las 6:00 a.m. El aroma, que debería haber sido un ritual de paz privada, se convirtió en una señal de convocatoria, pues, un vecino, bajo la etiqueta de "la confianza" y la "amistad vecinal", tocaba mi puerta puntualmente. Lo que empezó como una atención de mi parte, degeneró en una exigencia por la suya. Aquí vemos el choque entre las dos publicaciones: mi etiqueta de persona amable me impedía establecer un límite no negociable. Al final, para recuperar mi paz, tuve que "poner los puntos sobre las íes". Como bien dice el dicho: “Es mejor vivir en paz que tener la razón”, pero para tener esa paz, primero hay que delimitar la frontera de nuestro jardín emocional.
Del Café en Caracas al Silencio en Canadá: Una Lección de Transculturización
Llevo 16 años en Canadá, una tierra que me enseñó que los límites no son muros de odio, sino marcos (rejas) de respeto. Aquí, la transculturización me obligó a mirar el mundo desde otro ángulo. En el "primer mundo", el respeto al espacio ajeno es la norma, no la excepción. Si un vecino toca a tu puerta, no es para pedirte algo que no ha comprado, sino para ofrecerte un presente —una tarta recién horneada o una botella de un buen vino (depende de si es mujer u hombre quien toque la puerta, respectivamente)— como símbolo de una amistad que conoce sus fronteras.
Esto me hace pensar en la reflexión de @issymarie2 sobre cómo percibimos al otro. Mientras que en nuestra cultura latina a veces confundimos la cercanía con la invasión, en otras culturas el límite es el lenguaje del amor propio. No se trata de ser fríos, sino de ser claros. La madurez nos llega con los años y las experiencias; nos enseña que las fronteras son necesarias para que el "yo" no se disuelva en el "nosotros".
La Tolerancia no es Imposición
Un punto crucial que toca Emilio —quien combina su visión de psicólogo con su fe— y que resuena en la respuesta de @issymarie2, es la naturaleza de nuestras creencias. Podemos ser apasionados de la política, la ciencia o la religión, pero el límite no negociable debe ser la no imposición.
A menudo, bajo la etiqueta de "poseedores de la verdad", muchos actúan como pastores intentando arrear abejas (quizá los considere ovejas...), olvidando que cada individuo tiene su propio panal de vivencias. La tolerancia real no consiste en aguantar al otro, sino en aceptar que su mapa del mundo es tan válido como el nuestro, siempre que no invada nuestro espacio. El filósofo español José Ortega y Gasset decía: "Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo" (Meditaciones del Quijote, 1914). Mi circunstancia cambió de Caracas a Canadá, y con ella, mi forma de salvar mi paz a través de los límites.
Complementariedad en la Diferencia
Hay una evolución, para poner un límite sano primero debo deshacerme de las etiquetas reduccionistas. Si me defino solo por lo que los demás esperan de mí, nunca podré decir "esto no es negociable".
Agradezco a @emiliorios por la iniciativa y a
@issymarie2 por abrir el camino del debate. Al final, se trata de entender que los límites se van imponiendo conforme envejecemos porque aprendemos que nuestro tiempo y nuestra energía son recursos finitos. Ya sea en la vibrante Caracas o en la metódica Canadá, la clave de la salud mental es la misma: ser lo suficientemente flexibles para no rompernos con etiquetas, pero lo suficientemente firmes para que nadie pisotee nuestro jardín.
Creciendo como persona, busca y encuentra lo que necesitas para ser un mejor humano en la Comunidad Holos&Lotus. De seguro, hay un tema que te llamará la atención.
Infografía propia de la Comunidad Holos&Lotus
Dedicado a todos aquellos que, día a día, hacen del mundo un lugar mejor.
Striking a balance between our identity and our coexistence with others is, perhaps, the greatest challenge facing modern mental health. Recently, our friend @emiliorios has challenged us with two powerful proposals: one from ‘Seventh Day’, and his previous post on how labels and cognitive reductionism pigeonhole us. Referring to the ‘Seventh Day’ initiative and the importance of setting non-negotiable boundaries, I would like to add to this dialogue the enriching perspective of
@issymarie2, whose response provides necessary nuances regarding human perception.
Boundaries of the Soul or Mental Prisons?
In the following lines, I aim to unpack these concepts not through flattery, but through the critical observation of someone who has lived between two worlds: the invasive warmth of the Venezuelan tropics and the respectful structure of northern Canada.
Reductionism and the ‘Trap of Kindness’
Emilio Ríos speaks to us about the complexity of labels. In our Latin culture, specifically in Venezuela, labels tend to be tools for social cohesion, but also for control. ‘The helpful neighbour’, ‘the good Christian’, ‘the friend who’s always there’. Behind these labels, we often hide our inability to say ‘no’.
I remember my years in Caracas. I used to make coffee at 6.00 am. The aroma, which should have been a ritual of private tranquillity, became a call to action, as a neighbour, under the guise of ‘trust’ and ‘neighbourly friendship’, would knock on my door without fail. What began as a gesture of kindness on my part degenerated into a demand on his. Here we see the clash between the two mindsets: my label as a kind person prevented me from setting a non-negotiable boundary. In the end, to regain my peace of mind, I had to ‘set the record straight’. As the saying goes: “It is better to live in peace than to be right”, but to have that peace, we must first mark out the boundaries of our emotional garden.
From Coffee in Caracas to Silence in Canada: A Lesson in Cross-Cultural Adaptation
I’ve been in Canada for 16 years, a land that taught me that boundaries aren’t walls of hatred, but frameworks (fences) of respect. Here, cross-cultural adaptation forced me to look at the world from a different angle. In the ‘first world’, respect for other people’s space is the norm, not the exception. If a neighbour knocks on your door, it is not to ask you for something they haven’t bought, but to offer you a gift — a freshly baked cake or a bottle of fine wine (depending on whether it is a woman or a man knocking, respectively) — as a symbol of a friendship that knows its boundaries.
This makes me think of @issymarie2’s reflection on how we perceive others. Whilst in our Latin culture we sometimes confuse closeness with intrusiveness, in other cultures boundaries are the language of self-respect. It’s not about being cold, but about being clear. Maturity comes with age and experience; it teaches us that boundaries are necessary so that the ‘I’ does not dissolve into the ‘we’.
Tolerance is not Imposition
A crucial point raised by Emilio — who combines his perspective as a psychologist with his faith — and which resonates in @issymarie2’s response, is the nature of our beliefs. We may be passionate about politics, science or religion, but the non-negotiable boundary must be non-imposition.
Often, under the guise of ‘possessors of the truth’, many act like shepherds trying to herd bees (perhaps they regard them as sheep…), forgetting that each individual has their own hive of experiences. True tolerance does not consist of putting up with others, but of accepting that their map of the world is just as valid as our own, provided it does not encroach on our space. The Spanish philosopher José Ortega y Gasset said: “I am myself and my circumstances, and if I do not save them, I cannot save myself” (Meditations on Don Quixote, 1914). My circumstances changed from Caracas to Canada, and with them, the way I maintain my peace through boundaries.
Complementarity in Difference
There is a process of growth: to set healthy boundaries, I must first shed reductive labels. If I define myself solely by what others expect of me, I will never be able to say ‘this is non-negotiable’.
I’d like to thank @emiliorios for the initiative and
@issymarie2 for paving the way for this debate. Ultimately, it’s about understanding that boundaries are imposed as we grow older because we learn that our time and energy are finite resources. Whether in vibrant Caracas or methodical Canada, the key to mental health is the same: to be flexible enough not to let labels break us, but firm enough to ensure no one tramples on our garden.
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