¿Sigo a las masas?, es una pregunta que me estremece con la fuerza de un trueno en mi interior. La sociedad camina, avanza con pasos seguros por senderos ya transitados, y yo —desde siempre— he encontrado fascinante la orilla del camino, ese margen desbordado de incertidumbre donde crecen las flores más extrañas. No es rebeldía pueril ni arrogancia, es, sencillamente, la necesidad vital de ser fiel a mi propia respiración, a mi ritmo, a mi modo de comprender la vida.
Nunca me ha tentado el rumor de la multitud. Observo, sí, como el río de la costumbre arrastra a muchos hacia mares conocidos; vestirse de una manera, seguir un credo, aplaudir discursos cargados de palabras huecas, repetir letanías políticas o religiosas como si fuesen oraciones universales. Pero yo siempre he preferido formular mis propias preguntas antes que pronunciar respuestas ajenas. No es que me coloque a la contra, es que, honestamente, no sé fingir. Como decía Jean-Paul Sartre, “el hombre está condenado a ser libre”; y para mí, la libertad no es una consigna, sino una forma de estar en el mundo, a veces dulce, otras veces dolorosa, pero siempre auténtica.
De mi propiedad.
Me quedo pensando: ¿Hasta qué punto somos reflejo de lo heredado, de lo visto, de lo escuchado? Quizá todos llevamos dentro un puñado de costumbres que no nos pertenecen, una herencia invisible de los que vinieron antes. Y no lo niego: desayuno como lo hacía mi madre, a veces repito refranes de mi abuela, y en algún rincón de mis gestos habita la sombra de los que me criaron. Pero aun así, procuro no perderme. Hago el trabajo de escarbar en mí, de distinguir la voz propia del eco ajeno. Es un ejercicio duro, casi un pulso silencioso entre el yo que me dictaron vivir y el yo que quiero ser.
Mi lema es claro y rotundo: “si no trabajo, no como”. Bajo esta premisa me levanto cada día, ajeno al qué dirán, sin hipotecar mis sueños al juicio de los demás. No es indiferencia, tampoco frialdad; es transparencia. He notado que la gente a mi alrededor agradece esa honestidad, aunque, en este mundo moldeado de apariencias, a veces sobresalga como una piedra en el zapato. Saben quién soy, qué esperar de mí, saben que tiendo la mano, que escucho, que respeto y que, ante todo, elijo querer sin reservas ni ataduras.
Hay una cita de Thoreau que me acompaña, como un grillo en las noches de incertidumbre: “Si un hombre no marcha al mismo ritmo que sus compañeros, quizás es porque oye el sonido de otro tambor”. Yo he elegido escuchar ese tambor, el mío propio, aunque a veces me conduzca hacia la intemperie, lejos de la cálida multitud. Me he descubierto más completo en el silencio de mi convicción que en el bullicio de las conformidades.
Sé que vivimos atrapados en dinámicas heredadas, en patrones que repetimos casi sin darnos cuenta. Por eso, acepté el reto de observarme con lupa: ¿cuántos gestos son míos y cuántos prestados? ¿Cuánto de lo que pienso nace en mi mente y cuánto lo sembró el entorno? No busco purismos imposibles —ser humano es ser, siempre, una mezcla—, pero sí aspiro a no perder esa chispa de autenticidad que ilumina el rostro cuando uno es, simplemente, uno mismo.
Hoy puedo decir, sin temor ni disfraz, que no sigo a las masas. Sigo a mi intuición, a mis valores, a mi pequeña brújula que se empecina en mostrar una dirección distinta cuando todos parecen marchar en fila india. Puede que eso me deje, de tanto en tanto, solo en el paisaje, pero en esa soledad he encontrado la compañía más fiel; la de mi propio ser, indómito y verdadero. De este lado del Internet, tienen, indudablemente, un amigo.
Portada de la convocatoria.
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