Antier, en el rato que pasé en el caney con la morrocoya, me invitaron a jugar una partida de ajedrez. Quien me invitó es un muchacho que ahorita tiene 26 años. Cuando él era niño yo vencía a su papá en ajedrez, así que la invitación probablemente sea su reto personal de medir su propia fuerza contra quien él recuerda que era fuerte.
Le dije que ya yo no jugaba ajedrez, que estaba fuera de forma. Contestó que él también estaba fuera de forma, que siempre perdía contra su papá. Incluso me dijo que mi hijo Samuel cierto día le ganó una partida. Para ese entonces mi hijo tenía 15 años.
Jugamos.
Fue una partida más bien fría, exenta de ataques arriesgados. Al final, yo tenía 5 peones (la pieza más débil) contra una torre (una pieza mayor, la segunda más fuerte). Decidí iniciar un jaque continuo que él no podía eludir y que me hubiera procurado unas tablas (empate).
Le dije:
—Si no puedes eludir el ataque, entonces el juego queda tablas.
Lo vi que se esforzó en buscar una solución, y me dijo que sí la había encontrado.
No me molesté en verificar. En el tiempo que se tardó en analizar la posición, yo decidí que mis cinco peones pequeños tal vez podían derribar a la torre grande. Así que cambié de estrategia y jugué a ganar.
De los cinco peones, dos estaban separados y aislados. La única contribución que ellos podían aportar era morir y ganar un poco de tiempo para los demás. Los otros tres avanzaban abrazados. Siempre había uno que quedaba atrás y luego era presa del depredador, mientras sus compañeros se acercaban a la meta.
El último peón, el único que quedaba, al llegar a la meta se convirtió en una reina, la pieza más poderosa. Mi oponente tuvo que rendirse. Un final "de película", parecido a la historia de David contra Goliat, sólo que en este caso no era un David sino cinco, y cuatro se sacrificaron para coronar al más pequeño de todos.
Créditos del texto e imágenes: Amaponian Visitor (@amaponian)