Foto tomada por mi, carretera que va de Manicuare a Araya
El desván es un espacio para sentarse a leer mis historias, poemas, reflexiones y otras manifestaciones literarias, donde la realidad y la ficción se entrelazan dándole a la vida esa magia de lo indecible. Un lugar para soñar, reír, llorar, transportarnos a mundos, cercanos y lejanos, embarcados en la nave más rápida que se haya inventado: la imaginación.
Una noche en la carretera
-No se vayan a esta hora que los agarra la noche por esa carretera y hay espantos en ella.
Recuerda la advertencia de su tia y también la respuesta que le dio.
-Nosotros no creemos en esos fantasmas que inventan en los pueblos.
Y se marcharonn rumbo a otro pueblo, al fin y al cabo estaban de turistas y la idea era conocer la mayor cantidad de estas poblaciones en un fin de semana.
Ambos son aspirantes a escritores, su amigo quien ahora conduce es también compañero de estudios y comparten habitación en la residencia estudiantil, están a mitad de carrera y se han planteado el reto de visitar pueblos que no aparecen en el mapa.
Llevan, además del celular, una cámara profesional, bastimentos que van recuperando en cada lugar, y una Tablet donde van escribiendo las memorias de lo vivido, entre muchas cosas más.
La camioneta del tipo ranchera está en perfecto estado, es un préstamo del tio de Gabriel, su acompañante, quien es uno de los mejores mecánicos de la ciudad.
Es la primera vez que les tocará rodar de noche, ya que al pueblo donde se dirige está a varias horas del último, y los anteriores han estado relativamente cerca.
Apagan el aire acondicionado para disfrutar el viento frio de la noche, mientras escuchan una música retro.
Tras recorrer algunos kilómetros le toca el turno de manejar por lo que Gabriel se encarga de ir anotando los detalles del viaje en la Tablet.
De repente un campesino cruza la carretera unos 50 metros más adelante y se coloca del lado donde ellos transitan.
De seguro pedirá un empujón, piensan ambos.
Reducen la velocidad con la intención de auxiliar al hombre pero al llegar a la altura donde este se encontraba parado no ven a nadie.
Un escalofrío les recorre el cuerpo.
-Dale. –le dice su amigo con voz temerosa.
Siguen su camino y más adelante una nueva persona cruza la carretera e igual que el anterior desaparece.
Le viene a su mente las palabras de su tía.
La noche es oscura, la luna está de reposo y el cielo está ennegrecido.
De repente una explosión hace estremecer el auto, el caucho trasero se ha desinflado, tal vez por algún objeto metálico en la vía.
Ambos se miran, en sus rostros hay confusión.
Más de 20 personas han pasado la carretera y desparecido en pocos minutos.
-¿Qué hacemos? –pregunta nervioso Gabriel.
-No podemos seguir con el caucho así, está lejos aún el próximo pueblo, tendremos que cambiarlo.
Se detienen y como dos ladrones que van a robar un banco miran a todos lados.
Dejan el motor y las luces encendidas, además sacan un par de linternas que tienen en el portaequipajes.
Los celulares desde que salieron del anterior pueblo no tienen señal.
En pocos minutos se encuentran realizando la acción y están enfrascados en ella cuando un ruido a sus espaldas les advierte de la presencia de alguien.
La adrenalina los invade, el miedo puede notase en la luz temblorosa de las linternas producto del temblor de la manos.
Ninguno se atreve a voltear a ver quién está allí.
Solo el viento de la noche se escucha y el latido desbocado de sus corazones que unen el cansancio del ejercicio al terror que los invade.
De escucharse una voz a sus espaldas, están seguros que morirían de un infarto.
La presencia se desvanece, sienten pasos que se alejan cuando logran apretar la última tuerca.
Como corredores de velocidad tiran el caucho desinflado en la parte trasera de la maleta y se meten en el auto arrancando como los mejores corredores de piques del mundo.
Nuevas presencias se pasean, Gabriel no sigue escribiendo en la Tablet, se encuentra orando mentalmente para no tener un nuevo percance.
Unas luces que se tambalean lejanas le avisan que se acercan al próximo pueblo y esto los relaja pero faltando poco para llegar el motor del auto comienza a pistonear, producto de una falle de corriente o combustible.
Como si en eso se llevara la vida aprieta el acelerador y el auto como caballo salvaje avanza corcoveándose ante el flujo de gasolina que inunda su acelerador.
Mientras eso ocurre nuevos habitantes de las sombras siguen apareciendo en la carretera y al lado de esta y comprenden la razón por la cual no han visto ni un solo vehículo en el camino y la razón de las palabras de su tía.
A la entrada del pueblo el vehículo, como reclamando el maltrato se apaga, todo está desolado, las personas parecen dormir o estar encerradas en su casa.
Ambos amigos cierran los vidrios, colocan los seguros y se bajan del vehículo internadose en el pequeño poblado.
Sudan como atletas de maratón y como siguiendo las órdenes dadas a Lot en su huida de Sodoma, no voltean a mirar hacia atrás.
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