Gabrielle entró a la panadería para ver si encontraba algo que le gustara.
Había una cola larga para pagar.
Olía a pan recién nacido, traído al mundo con fiebre, oloroso a mañanas crujientes.
Las vidrieras mostraban quesos jugosos, duros, lunáticos, rallados, en telitas, de todas las calañas y colores. Dulcería con almíbar, azúcar de adorno en la faz, esponjosa, quebrantadora de las más férreas voluntades.
Una jovencita que hacía de cajera dijo en voz alta:
—Se cayó la plataforma, solo efectivo, por favor.
Una muchacha de blue jeans y franela deportiva dijo suplicante desde la cola:
—Intente de nuevo, por favor.
—Nada qué hacer, mija, la plataforma está así: insoportable.
La muchacha se fue a un rincón, se recostó a una pared, palidecía.
A Gabrielle le pareció que la muchacha se iba a desmayar, corrió rápidamente hasta ella, la tomó por un brazo y le preguntó:
—¿Qué le pasa, se siente mal?
La muchacha levantó la cara, la miró con los ojos perdidos; aturdida y pálida.
Luego respondió como hablando con ella misma:
—Tengo hambre, tengo mucha hambre.
Gabrielle se quedó callada, no sabía qué decirle.
La muchacha se recostó un poco más de la pared, bajó de nuevo la mirada y balbuceó:
—Yo tengo dinero en la cuenta, lo que no tengo es efectivo.
Hasta ahora Gabrielle solo había visto casos de hambre en películas: El Holocausto, El pianista, La vida es bella. Pero en la vida real, por primera vez se tropieza con el rostro del hambre.
Sacó dinero de su cartera y se lo ofreció amablemente, tratando de no ser ofensiva.
—Toma, acéptalo, eso le pasa a cualquiera, no te dé pena, anda, acéptalo y cómprate algo.
—No, chica— le respondió la muchacha que ahora estaba más pálida y temblorosa— qué pena, no se preocupe, ya se me pasará.
—Bueno, si no quieres aceptar el dinero, toma, aquí en mi cartera tengo un refrigerio, un sándwich, lo tenía preparado para después de mi entrenamiento. Acéptalo.
—No, qué pena, no se preocupe— dijo la muchacha— sonrió, se despegó de la pared y salió de la panadería tambaleante.
Habían pasado solo unos segundos cuando la muchacha estaba de vuelta.
Miró a Gabrielle a los ojos y le dijo:
—Deme el sándwich, por favor.
Comía tratando de no llorar.
Una lágrima terca se desplazó libremente hasta el pan, luego vino otra y otra.
Pan y lágrimas iban juntas de la mano a la boca, de la garganta al corazón, de la pena al dolor.
Y Gabrielle tampoco pudo ser tan fuerte como hubiese querido y, en silencio, sin pronunciar ninguna palabra, le demostró su solidaridad.
La muchacha salió con la cabeza baja y los labios apretados; Gabrielle tomó su vehículo y se fue al gimnasio; ese día no lo olvidaría jamás.
***
Este cuento está dedicado a @gabriellecd, quien nos invitó a escribir un relato en el que se incluyera su nombre y algunas facetas de su vida. Esta es mi participación en el concurso. Espero que ustedes también vivan esta experiencia. Por aquí el link