Tendría unos 18 años, sus ojos saltaban a medida que yo apretaba y torcía su muñeca. Fueron décimas de segundo, tiempo suficiente para recordar que me habían dicho que en el metro de Caracas robaban. El mundo se me vino encima, pensaba en todo lo que había trabajado para comprármelo.
Me sentí incomunicado, lejos de mi familia, perdido; y apreté más y más, y su muñeca sonó, fue un "track" que me retumbó en mi corazón.
La gente se empuja como loca para entrar al metro, un pueblerino como yo no está acostumbrado a esto y se asusta, los ladrones deben olerlo a uno con facilidad: "A este viejo provinciano lo jodo fácil" se diría él; lo que no se imaginaba era que mi piel, conocedora de mis noches abrazado a mi teléfono, cerca de mis amores, acariciando recuerdos en mis noches en vela, sería más rápida que su crueldad; que mi mano de hombre ya viejo se aprieta aún con mucho vigor al portal que lo salva de la soledad.
"Dámelo" -le grité sin soltarlo.
Fue un grito exagerado, tétrico, ahora lo recuerdo hasta ridículo, pero hizo qque todo el mundo volteara a ver lo que pasaba.
Una mujer me dijo "Suéltelo, mire, el teléfono está en el piso".
Lo solté, tomé el teléfono como quien recoge su corazón y salí despavorido del vagón, como si el ladrón fuera yo.
Caminé muy asustado, pensando en que podían estar siguiéndome, apretando el teléfono dentro de mi bolsillo como si mi vida dependiera de él.
Gracias por su lectura. Hasta la próxima.