No tengo ideas para escribir. Se me agotaron o desapareció la motivación. No lo sé. Lo cierto del caso es que en estos momentos la hoja es mi enemiga y las palabras son sus aliadas. Ambas emprenden una guerra y, en una cruenta batalla, salen victoriosas y no me queda más que ondear una bandera blanca, pidiendo paz.
Ellas, por un momento, me dejan quieta. Me regalan una tregua en la que puedo levantarme de la silla, tomar café. Mirar por la ventana y sumergirme en la cotidianidad de la calle, de los transeúntes, de los carros, del cielo azul, del ensordecedor ruido, de los pregoneros. Mientras esto ocurre reposan en la mesa el lápiz y el papel. Ya no en pie de lucha, sino con la postura de aquel que ya no quiere pelear. Reposan tranquilas.
Aún no siento la suficiente paz para volver a ellas. Necesito seguir observando. Necesito inventarles historias a los caminantes. Historias de encuentros felices y saludos cordiales, de peleas que terminan en golpizas épicas, de héroes anónimos que bajan de sus carros para ayudar a cruzar a un perrito temeroso. Historias de persecuciones en auto a toda velocidad. De amores que inician con una mirada o que terminan con una lágrima.
Voy por otra taza de café y miro de reojo la mesa. Allí, la hoja, sigue esperándome. Me tomo mi tiempo. No quiero apresurarme. Con cada sorbo de café, me nutro de lo que está a mí alrededor. Construyo oraciones en mi mente, esquemas, busco las imágenes que pudieran crear un vínculo con mi lector.
Poco a poco, vuelve a mí esa niña caprichosa que juega al escondite conmigo llamada motivación. Me toma de la mano y me invita a ensayar la escritura, a equivocarme, a empezar de nuevo, pero esta vez no me abandona. Se queda a mi lado para darle forma a la hoja en blanco.
Esta forma me lleva a ensayar un poema, un cuento o un ensayo. No sé. A veces escribir me hace transitar por diversos caminos hasta llegar al que más se ajusta a mis deseos. Pienso en la magia del mensaje, en la persona que está del otro lado. Pienso en ti que me lees. En las palabras ideales para lograr que llegues al final de mi texto, busco de esta forma la forma de construir puentes entre mi mundo y tu mundo. Una clave que nos permita coincidir y construir nuevas realidades entre los dos.
Lentamente, la hoja en blanco, antes inerte y vacía sobre la mesa, ya no es mi enemiga. Se vuelve un lugar de encuentros, un espacio para dejar mis historias, la de esos seres cotidianos, mis esquemas y mis imágenes. Una vez más, vuelvo a escribir sin rencillas, ni ansiedades ni angustias. Una vez más insisto en el oficio de escribir, en el oficio de crear.
Al final del día, las ideas y la motivación se juntan en una alianza divina y única para otorgarme la licencia para escribir poniéndole punto final a mi texto.