La fe
Hace mucho escuché la historia de un pueblecito que estaba sufriendo un largo tiempo de años de sequía.
Un domingo, al terminar la Eucaristía alguien propuso que el próximo domingo todos fueran dispuestos a hacer una procesión a la plaza del pueblo suplicando por lluvia. Todos estuvieron de acuerdo y así sucedió.
Durante el camino todos miraban extraño a una niña. Ella llevaba en sus manos una pequeña sombrilla. Alguien se atrevió a preguntarle el por qué. Ella respondió:
A veces pedimos a Dios y no creemos que Él pueda hacerlo o que ya lo está haciendo... y por eso no recibimos. Somos como niños que pedimos un caramelo y no tendemos la mano para recibirlo.
Pero no confundamos la fe.
La fe no destruirá la montaña, la moverá para que puedas seguir.
La fe no hará las cosas fáciles, las hará posibles.
La fe no te quitará el peso de tu cruz, te dará la fuerza para cargarla.
La fe no destruirá a quien te hace mal, te da la humildad para amarlo.
Para quien tiene fe la voluntad de Dios es un acto de amor y no necesita explicaciones, para quien no cree lo evidente es absurdo.
La fe es un músculo del alma que necesitamos ejercitar cada día para fortalecerla. Empienza a creer en los pequeños milagros de cada día hasta que ya no necesites milagros para creer porque ya puedes contemplarlo a El.
En una ocasión Jesús dijo:
Que no se turbe sus corazones, crean en Dios y crean en mí. (Jn 14, 1). Nuestro reto de hoy es decirle:
Creo, Señor, pero aumenta mi fe. (Lc 17, 5).
Ánimo, confía, sécate los ojos y te darás cuenta que lo que pedía está ahí pero tus lágrimas no te dejaban verlo. Recordando que Dios no te da necesariamente lo que pides, sino lo que necesitas.
La paz de Cristo.
Recuerda: Si pediste lluvia... Lleva tu paraguas.