O al menos así parece… Este mes cayó en mis manos una edición preciosa de Pippa Calzaslargas (esa misma que ven en la foto) Al leer un par de párrafos me invadió una extraña sensación de nostalgia mezclada con desconcierto. Recordé esa mezcla perfecta que Dahl, Lindgren o Ende lograban: historias que no pedían permiso para ser oscuras, un poco crueles o profundamente melancólicas, pero que, al mismo tiempo, nos trataban con un respeto absoluto. No nos hablaban como a seres diminutos que necesitaban protección de la realidad ¡o lo contrario! sino como a personas pequeñas que estaban a punto de descubrir el mundo.
Y yo, quien a mis treinta sigo leyendo libros infantiles de ayer y hoy, me pregunté: ¿dónde se perdió esa elegancia?
No me malinterpreten. Entiendo perfectamente que el mundo ha cambiado. Los niños de hoy navegan por una realidad saturada de información, pantallas y ritmos vertiginosos que los niños de hace cuarenta años ni siquiera imaginaban. Es lógico que la literatura infantil necesite actualizar sus temas: diversidad, salud mental, ecología, tecnología. Sin embargo, en el camino hacia esa "actualización" parece haber surgido una tendencia peligrosa: la adulterización de la narrativa.
Hoy en día, muchos libros para niños parecen escritos por un comité de marketing que teme ofender, confundir o —Dios no lo quiera— incomodar al lector. Hemos sustituido la metáfora por la lección moral explícita. Hemos cambiado el misterio por la explicación didáctica. A veces, siento que en el afán por hacer todo "comprensible" y "seguro", le hemos quitado a la literatura su herramienta más potente: la sutileza.
Pienso en la misma Pippi Calzaslargas. Astrid Lindgren no nos daba una charla sobre el empoderamiento femenino o la disfuncionalidad familiar; simplemente nos ponía frente a una niña que vivía sola, que cuestionaba a los adultos y que era, sencillamente, salvaje. Lindgren confiaba en nuestra inteligencia. Sabía que los niños podíamos deducir, sentir y entender la complejidad de la soledad o de la rebeldía sin que nadie nos lo subrayara con un marcador fluorescente.
Cuando leemos a Roald Dahl no hay un tono condescendiente. Hay una honestidad brutal sobre los adultos —que a veces son terribles— y sobre el miedo, que es real. Esa honestidad no "dañaba" a los niños; los preparaba. Los dotaba de herramientas para entender que el mundo tiene aristas, y que esas aristas no son motivo de espanto, sino parte de la aventura.
No creo que el problema sea que los niños de hoy sean diferentes, sino que hemos subestimado su capacidad de asombro y su sed de profundidad. Escribir para niños no debería ser sinónimo de simplificar. Escribir para niños es el ejercicio literario más exigente que existe: es el arte de usar palabras sencillas para contener verdades complejas. Se trata de invitar al lector a participar en la historia, de dejar espacios en blanco para que ellos los llenen con su imaginación y sus propias inquietudes.
Necesitamos historias que no tengan miedo a la ambigüedad. Necesitamos personajes que se equivoquen y que no necesiten redimirse en la página siguiente con una frase aleccionadora. Queremos historias que traten a los niños como los pensadores autónomos que son, no como receptores pasivos de lecciones de vida.
Quizás es hora de volver a leer a los clásicos, no por nostalgia, sino como un recordatorio. La literatura infantil no debe ser un refugio aséptico frente a la realidad, sino un espejo —a veces mágico, a veces terrible, siempre fascinante— donde los niños puedan reconocerse, hacerse preguntas difíciles y, sobre todo, sentirse tratados con la elegancia que merecen.