Nota de la autora: Los galli eran los sumos sacerdotes de Cibeles. Se les identificaba por llevar cabello largo, maquillaje y atavíos femeninos de color azafrán, adornados de joyería. La sociedad romana los veía con tolerancia, pues su modo de vida chocaba con los valores que se esperaba de un hombre. Eran tolerados, pero siempre atacados tanto por intelectuales como por la élite misma, aunque recibían cierto respecto por parte del pueblo.
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Lanzo un suspiro mientras recorro las calles de uno de los barrios más pobres de Roma. Detrás de mí, un grupo de hombres no paraba de injuriarme, gritándome semivir, mitad hombre. Por supuesto, era costumbre para nosotros, los sacerdotes de Cibeles, recibir estos tratos por parte de la población.
Mis padres eran extranjeros, migrantes y libres. Roma los rechazaba porque no eran ciudadanos. En mí pusieron todas sus esperanzas de que me convirtiera en alguien, quizás un soldado con opción a ser ciudadano, a mejorar nuestra calidad de vida. A ascender socialmente. Mi padre en especial creía que ese era mi futuro, aunque yo de niño era alguien que prefería la paz sobre el conflicto.
Y sin embargo debía intentar encajar en la sociedad. Traté de hacerlo primero aspirando a ser un auxiliares, del cual me rechazaron por ser demasiado enclenque... Demasiado suave desde su perspectiva. Decepcioné a mis padres al verme regresar con las manos vacías; me evadían cada vez que podían.
Después decidí convertirme en un gallus, sacerdote de la Gran Madre Cibeles, tanto por curiosidad como una forma de no avergonzar más a mis padres. Mi padre me echó de casa apenas supo de mi decisión, porque para él eso era peor que no tener ciudadanía.
La iniciación era brutal: debía autocastrarme bajo los efectos del vino. Un dolor terrible, pero necesario para entrar al servicio de la diosa. Mis días transcurrieron entre el templo, donde rezaba y hacía deberes, y la calle, donde pedía la limosna para el templo. Por supuesto, recorría todos los barrios; en donde recibía más desprecio era, paradójicamente, en los barrios adinerados. En los barrios bajos no era muy bien recibido, pero eran... tolerantes. Al menos algunos pocos que veían nuestra apariencia como una forma de sacrificio a la diosa.
Me detengo en medio de una calle. Miro a los cielos, pensando con detenimiento y preguntándome qué hubiera pasado si simplemente... Me hubiese marchado de Roma. Ver más allá de sus calles, sus muros. Ver qué hay más allá de ella.
¿Pero cómo podría hacerlo? No tengo a dónde ir más que al templo de la Gran Madre. No tengo los medios para viajar ni tengo a nadie que me enseñe el camino.
Y sin embargo... Tiene solo el cuenco con las pocas monedas que pude recolectar.
"Perdóname, Gran Madre... Pero desde hoy, voy a donde mis pies me lleven".