Relato: Clarissa y Raellia

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Residencia Belford, cercanías de Bath, Inglaterra. 1747.

"Es una hermosa niña", fue lo primero que escuchó Hvitserk Ragnarsson cuando la comadrona le entregó a un bebé envuelto en sábanas finas.

El hombre sintió que los sentimientos envolvían su corazón y su alma. Las lágrimas empezaron a salir incontrolablemente mientras le daba un tierno beso en la frente a su pequeña hija. Aquél nacimiento, el primero de muchos quizás, era una señal, un prodigio de la divinidad, un mensaje de que aquél recuerdo doloroso del pasado no se repetiría.

Que Clarissa, su amada esposa, la segunda que tenía en su larga vida, no era Raellia, su primer amor. Ésta fue una mujer dulce e inocente, con una visión demasiado ingenua del mundo; desconocía la capacidad que tenían las personas para dañar a todo aquel que se interpusiera en su camino. Veía lo mejor de cada persona, incluyendo a él mismo. Cuando se dio cuenta de que no todos eran buenas personas, fue demasiado tarde. Ella estaba muriendo en la hoguera, con su hijo no nacido en sus entrañas.

En cambio, Clarissa era dulce y cándida, pero fuerte, inteligente y astuta, muy perspicaz al momento de averiguar las intenciones de los que la rodeaba. Su naturaleza indómita, propia de las mujeres de la familia de su padre, los Harfagri, era el eterno punto de conflictos entre ella y los Harlowe, su familia adoptiva. La relación que existía entre ambas partes ya estaba dañada cuando Clarissa, prisionera en aquella jaula de oro que constituía la residencia de los Harlowe, le escribiera una carta rogándole que la ayude a marcharse de Inglaterra luego de que los Harlowe se empeñaran en que aceptase a un tal Roger Solmes como su futuro esposo.

Miró entonces a su esposa e hija, quienes yacían en el lecho durmiendo plácidamente, sin ningún temor. Su familia estaba ahí; su familia, su sueño, su todo. Luego miró a la luna, la cual se alzaba victoriosa en el firmamento, acompañada de su enorme séquito de estrellas.

Recordó a su madre, a quien vio por última vez en aquel puerto de Midvágur, en las islas Feroe. Recordó sus últimas palabras antes de partir hacia las islas británicas junto con el Gran Ejército Pagano: Sé paciente, hijo mío, que el destino a veces llega cuando pasan los años.

Al principio no entendió qué quiso decir con eso; al principio pensó que estaba hablando de Raellia y sus constantes viajes entre los continentes habidos y por haber. Sin embargo, ahora cayó en cuenta que sus palabras se referían a Clarissa, la nieta de Harald Harfagri.

Ella era su destino, el árbol de fresno blanco de sus sueños.

El amor de su vida.

Lloró en silencio. Lloró el juramento de que haría todo lo que estuviera a su alcance para proteger a su familia y que compartiría con ésta sus alegrías, sus pesares, sus victorias y sus derrotas.

Juró que luchará por su felicidad y la suya propia.

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Fuente de la imagen: Pexels

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