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Lo primero que Anne pensó al pisar por primera vez la ciudad de Londres en aquella mañana de febrero de 1925 era visitar sus museos.
Había viajado a Inglaterra con la sola intención de asistir a la exhibición de arte de Francois D'Auvre, uno de sus amigos artistas y a quien ella sería encargada de presentar durante la inauguración en una galería de Soho.
Cualquier persona en su lugar trataría de evadir a viejas caras del pasado, debido a que ella se había fugado con un hombre que estuvo a punto de casarse con otra; sin embargo, a Anne le importaba poco el qué dirán. Había aceptado que el pasado debía ser enfrentado y, de ser posible, hacer las paces para seguir adelante. ¿Para qué huir cuando uno debe ser responsable de sus acciones? Ella sabía a lo que se enfrentaba cuando se enamoró de Archie; ella sabía que la familia de su antiguo amante podría buscarla, insultarla, destrozar su reputación a pesar de que Archie no había ido al altar con su prometida americana.
No buscaría la comprensión que ella esperaba encontrar en la gente; la sociedad inglesa en particular estaba lleno de hipocresías, en especial la aristocracia y la realeza.
"¡Anne!", escuchó que la llamaran.
Ella se volvió. Sonriente, agitó un brazo y exclamó: "¡Francois, querido!"
Los dos amigos se abrazaron. Francois, un hombre de carácter afable y artista consumado, le preguntó por su viaje y por los pormenores de París. Incluso le preguntó cómo se sentía luego de meses de duelo, si necesitaba algo. A esa última pregunta, Anne le respondió: "Siempre lo llevaré en mi corazón, Francois. Me siento lista para seguir adelante".
El hombre asintió, comprendiendo que Anne estaba saliendo del duelo de manera lenta pero en paz. Anne, por su parte, le preguntó a Francois sobre su estancia en Londres. "Todo muy tranquilo, y muchas veces aburrido. He conocido gente interesante, eso sí; la mayoría eran riquillos que gustan presumir de tener buen gusto en el arte", le respondió mientras bebían juntos un té en una cafetería del Soho.
"¿Algunas personas que valgan la pena conocer?"
Francois reflexionó un momento y replicó: "Hay un hombre de negocios, hijo de un aristócrata. Un tal Tobias Craven".
"Tobias Craven... Es el primo de Archie. No sé mucho sobre él, salvo que es corredor de bolsa y ayuda con las inversiones de la familia. ¿Es cliente tuyo?"
"Su prometida, Lucy Walters, lo es".
"¿La heredera americana? Joder... ¡Yo ya la hacía casada! Digo, Archie iba a contraer matrimonio con ella hace cuatro años; creí que, a raíz de nuestra fuga, ella buscaría a otro".
Mirando para ambos lados, Francois se inclinó hacia Anne y le dijo: "Al parecer, esos dos ya andaban desde antes de Archie. O al menos eso me contó Bob Hastings, un pintor amigo mío que conoce a la familia".
"¿En serio? Vaya... Archie no mencionó nada de eso".
"Porque no lo sabía. Nadie lo sabía hasta hace un año. Todo fue muy discreto, contenido. Sin embargo, por lo que Bob me pudo contar, tus suegros creen que Archie lo sabía y que Lucy le dio su bendición para fugarse; ella hasta ahora no ha tocado ese tema, quizás por respeto a ellos, quizás porque al fin y al cabo le dio igual. Con esta gente uno nunca sabe".
Anne no dijo nada más. En su mente no cabía la idea de que las cosas se hayan turnado de ese modo tan irónico. Tuvo que reconocer que la familia de Archie fue particularmente extraordinaria en cuanto a contener escándalos. Debieron ser titánicos los esfuerzos por evitar que llegase a oídos de la prensa cualquier comentario dañino a la imagen de la familia; se imaginó toda clase de acciones, desde sobornar a los editores de los periódicos hasta prohibir a la servidumbre que hablara del tema. Todo por una cuestión de imagen pública.
"Ironías de la vida", murmuró mientras bebía un último sorbo de té.