Nos vamos a levantar

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El olor que envolvía Caracas no era el de antes. No era el café de la mañana ni el diésel de los autobuses. Era un olor pesado, una mezcla de yeso molido, tierra vieja y un sordo rastro de humo. Junio había sido un mes cruel. Primero la tierra tembló fuerte, como si Caracas se sacudiera un mal sueño. Y cuando apenas la gente salía del susto, volvió a temblar, terminando de tumbar lo que ya estaba agrietado.

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Héctor miraba lo que quedaba de su cuadra en El Cementerio. En enero, cuando se enteraron de que los militares gringos habían sacado a Maduro, hubo un silencio extraño. No fue alegría desbordada, fue más bien un «¿y ahora qué?». Y «el ahora qué» había resultado ser un tiempo de más esperas, de comida que llegaba a cuentagotas por la ayuda internacional y de una paz que se sentía postiza, con soldados extranjeros patrullando en sus tanquetas color arena. Pero el terremoto lo cambió todo otra vez. La ayuda internacional ya no era para comer, era para buscar sobrevivientes.

Héctor y su vecino, el señor Luis, ya mayor y con una tos persistente, pasaron tres días quitando bloques con las manos desnudas. Buscaban a la señora Carmen, que vivía en el piso tres del edificio que ahora era solo una montaña de concreto y varillas de hierro retorcidas. Sus manos estaban en carne viva, llenas de cortes y cubiertas de ese polvo gris que parecía que se le metía a uno hasta en los pensamientos.

—Luis, tómese un descanso, se va a infartar —le dijo Héctor, limpiándose el sudor de la frente con el dorso del brazo.

—No puedo, mijo. Carmen me debe un café —respondió el viejo Luis con voz temblorosa, aunque sus ojos no se apartaban de los escombros.

Héctor recordó una imagen que había visto semanas atrás, antes de que el mundo se derrumbara. Era una foto de unos mosaicos en el piso de un mercado, rojos y negros, con unas letras blancas y grandes encima que decían: «Nos vamos a levantar, siempre lo hacemos». La imagen le dio un vuelco en el estómago. En ese momento, con el país dividido y la incertidumbre de la ocupación, le había parecido una simple consigna. Pero ahora, con las manos rotas y el corazón encogido, esas palabras tenían otro peso. No eran política, eran supervivencia.

El aire se llenó de un estruendo. Un helicóptero de los estadounidenses pasaba a baja altura. Héctor se quedó mirándolo, con la extraña sensación de estar atrapado entre dos desastres. Por un lado, la intervención que prometía cambiarlo todo y solo había traído más patrullas; por el otro, la furia de la naturaleza que no pedía permiso a nadie.

El viejo Luis seguía escarbando, ignorando el helicóptero, los militares y a cualquiera que no fuera su búsqueda de Carmen. Héctor suspiró, sintiendo el dolor en cada músculo de su cuerpo. Miró sus propias manos, las mismas que un día repararon motores y que ahora intentaban mover una ciudad.

—Tienes razón, viejo —murmuró Héctor, agarrando una pala que alguien había dejado por ahí—.

Carmen no se va a salvar sola.
Y bajo el sol implacable de Caracas, Héctor volvió a clavar la pala en la montaña de escombros. La imagen del mosaico le daba vueltas en la cabeza, como una promesa que no venía de un político, sino de la misma tierra que los había visto caer tantas veces y que, a pesar de todo, se mantenía firme bajo sus pies. No importaba quién estuviera en Miraflores o quién patrullara las calles. Al final del día, los que movían las piedras seguían siendo ellos. Y, como decía el mosaico, siempre lo hacían.





Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.

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