Cuando se asomaban en el balcón de la luna, descendían a un vacío de muerte en que todos los hombres luchaban entre sí. Entre ellos estaba el valiente Tristan y la fuerte Brianna; supervivientes de la catastrófica guerra que azotó a Elaica.
El bando enemigo ya estaba plagado de demonios sino de discentes de la oscuridad, que querían ver todo sumido en la penumbra.
El amor se convirtió en un vigía exiliado que sólo está pendiente al llegar una oportunidad. Las nurias se disfrazaban de mujeres hermosas que traían la melancolía y la traición, y parafraseaban palabras insanas en los oídos de los hombres hasta dejarlos sin corazón.
Entre la tormenta, el dolor y la desesperación, hubo cientos de cabezas que desde el cielo observaban con sus ojos celestiales la perfidia entre hermanos.
Cada vez que Brianna alzaba la cabeza después de derrocar a algún enemigo, sonreía y luego se ponía en guardia porque toda su fuerza residía depositado en aquellos ojos;aquellos que la miraban como la elegida de un mundo perdido.
Se dice que ellos provienen del Sol, son mensajeros de la muerte y causantes del abandono a la moralidad creada por los humanos.
No comparten sus ideales con los Antiguos de los Astros, ni siquiera mantienen un contacto. Simplemente están para ejecutar lo que su visión les provee.
Mientras Tristan bajaba su espada por cada estocada, sentía fuertemente los ojos de ellos sobre su espalda, como rayos de luz calcinantes. Pero que al sentir el calor, se eleva en fuerza.
Las puertas del cielo esperan a la orden sus acogidos y los ojos vigilantes permitirán el paso. La humanidad pasa por la supervisión de una omnivisión al deseo de una aprobatoria inevitable.