Hay decisiones y omisiones, que en cierto sentido, te marcan de por vida, con heridas que nunca sanan del todo. Pasas los días, los meses, y los años, creyéndote, o más bien, engañándote a ti mismo con la idea de que estas curado. Y de repente algo, o alguien, te abre esas cicatrices nuevamente, sin previo aviso, y sin consideración alguna por tus sentimientos. Y ese día vuelves a sangrar como la primera vez.
Barajeas las cartas, en ese mazo de posibilidades que pudieron vivirse, si tan solo hubieras tomado una decisión distinta, o si hubieses hecho algo en ese instante, en que te quedaste congelado, esperando a que todo se arreglara solo, o al menos ese monstruo que te asecho, pasara de largo, en ese momento, sin lastimarte. Pero no fue así, no hubo consideración o comprensión alguna, y ahora te toca cargar con las consecuencias de un destino forjado a voluntad en algunos casos, o forjado, involuntariamente en otros.
Luego te empiezas a dar razones para mitigar tu dolor. Algunas son certeras, otras son cuestionables, pero al menos cumplen su función. Solo que el pasado no se puede borrar, el pasado, en muchos casos te asecha, te persigue, y por si fuera poco, algunos te lo recuerdan a su conveniencia.
Y tampoco puede confiarse del todo en la memoria, no todo lo que se recuerda es del todo cierto. Solo son pedazos de instantes, en lo que tu atención tuvo la intención de enfocarse en alguno que otro suceso. No es tan fácil seguir adelante, con ese peso a cuestas, pero todos tenemos que hacerlo de algún modo u otro.
Espero con mucha fe ese día, en que las cicatrices dejen de doler. Ese día en que solo las veamos para superarnos, y seguir adelante. Pero mientras ese deseo no se cumple, me toca avanzar con los trozos de momentos, que no quisiera volver a recordar. Al menos no en esta vida.