Era un niño que siempre respiro fantasía, simplemente era algo que corría por sus venas. Y a pesar que tuvo diversos y reiterados encuentros con la realidad; a lo largo de su vida siempre vivió en su burbuja, en su habitación número 44, de su gran torre de Marfil.
Para el la humanidad era una selva, en un bosque plagado de peligros. En esa inmensa torre de marfil tenía una gigantesca biblioteca. Ese era su lugar especial donde siempre estudiaba las maravillas del mundo. Aprendía de los elementos y minerales, que eran diversos y muy variados, con sus diferencias y similitudes que formaban parte de un todo.
En sus estudios comprendió; que las grandes brechas entre las personas, en gran parte dependen del lugar en que habita su imaginación. Para él era una torre de marfil, para otros: era un ciclón de dinero, un agujero negro de posesiones, una interminable ráfaga de esculturales cuerpos, seguido de un largo etc.
Este inmenso prisma que fragmentaba la luz blanca de su entorno social, siempre lo vio a lo largo de su vida. Y al final, fueron las letras su refugio, allí comprendió la universalidad de la biodiversidad.
Aquel lugar especial que lo inundo de fascinantes conocimientos expandió sus horizontes. Claramente, ahora nuestro niño y eterno aprendiz percibe, que esas aparentes diferencias, en realidad son complementos incomprendidos. Piezas de un revuelto rompecabezas, aun por resolver.
Autor: Jean Carlos Villamizar