
I walked slowly toward the Fountain of the Lions, white, solemn, almost sacred. There I remembered the image I captured some time ago: a dove perched atop the fountain, erect like a tiny queen, watching over the movement in the plaza. That photo has always seemed to me a symbol of Havana: fragile and majestic at the same time, capable of soaring even when everything around seems still.

From the fountain, I continued on my way to the Lonja del Comercio, that building that commands respect from a distance. Upon entering, the light changed. The atmosphere grew warmer, more intimate, as if the building itself were inviting me to lower my voice. I paused before the wooden figures, carved with an almost painful delicacy. Each face seemed to hold a story, each curve an emotion frozen in time. They weren't mere crafts: they were souls transformed into wood, silent guardians of a past that refuses to fade.
And then I saw it: the giant Christmas tree. Its baubles shone with an unexpected, almost childlike joy, contrasting with the somberness of the place. I stood for a moment contemplating it. In a city where life sometimes gets tough, that tree was a reminder that beauty persists, that hope seeps in even through the smallest cracks.
I returned to the plaza with a slightly fuller heart. This time I looked at it calmly, like someone gazing at a beloved face. The colonial architecture enveloped me: wrought-iron balconies, coral stone walls, tall windows that seemed to breathe. Everything had a solemn air, yet also an intimate one, as if the city were speaking to me in a soft voice.
I approached the cross that stands on one side. It wasn't just a religious symbol: it was a reminder of time, of faith, of resilience. Beside it, the statue observed the plaza with a serenity that commanded respect, like an eternal guardian.
And then I came across Mother Teresa of Calcutta's poem. I read it slowly, letting each phrase sink in. I didn't need to memorize it to feel its essence: a call to kindness, to humility, to do good even when no one sees it. There, in the middle of the square, that poem was a spiritual embrace.
I sat facing the fountain. The pigeons continued their dance: flying, perching, soaring. Havana breathed all around: vintage cars, footsteps on the cobblestones, laughter, murmurs, the distant sound of a ship entering the bay. And I, in the midst of it all, understood that this place wasn't just a dot on the map. It was a refuge. A reminder that beauty exists even in the everyday. That the city, with all its light and shadows, is still capable of moving me.
Note: The images are my own.
I used DeepL Translate.
ESPA脩OL
Apenas puse un pie en la Plaza de San Francisco de As铆s, esa que todos llaman la plaza de las palomas, sent铆 que La Habana me respiraba encima. El empedrado estaba tibio por el sol de la ma帽ana y el aire tra铆a ese olor salobre que llega desde la bah铆a, mezclado con la humedad antigua de los muros coloniales. Las palomas revoloteaban como si celebraran mi llegada, como si supieran que yo ven铆a a reencontrarme con un pedazo de mi historia.
Camin茅 despacio hacia la Fuente de los Leones, blanca, solemne, casi sagrada. All铆 record茅 la imagen que captur茅 hace un tiempo: una paloma posada en lo m谩s alto de la fuente, erguida como una reina diminuta, vigilando el movimiento de la plaza. Esa foto siempre me ha parecido un s铆mbolo de La Habana: fr谩gil y majestuosa al mismo tiempo, capaz de elevarse incluso cuando todo alrededor parece detenido.
Desde la fuente segu铆 mi camino hacia la Lonja del Comercio, ese edificio que impone respeto desde la distancia. Al entrar, la luz cambi贸. Se volvi贸 m谩s c谩lida, m谩s 铆ntima, como si el edificio me invitara a bajar la voz. Me detuve frente a las figuras de madera talladas con una delicadeza que casi dol铆a. Cada rostro parec铆a contener una historia, cada curva una emoci贸n detenida en el tiempo. No eran simples artesan铆as: eran almas convertidas en madera, guardianas silenciosas de un pasado que se niega a desaparecer.
Y entonces lo vi: el 谩rbol de Navidad gigante. Sus bolas brillaban con una alegr铆a inesperada, casi infantil, contrastando con la sobriedad del lugar. Me qued茅 un momento contempl谩ndolo. En una ciudad donde la vida a veces se vuelve dura, ese 谩rbol era un recordatorio de que la belleza insiste, que la esperanza se cuela incluso por las rendijas m谩s peque帽as.
Regres茅 a la plaza con el coraz贸n un poco m谩s lleno. Esta vez la mir茅 con calma, como quien observa un rostro querido. La arquitectura colonial me envolvi贸: balcones de hierro forjado, muros de piedra coralina, ventanales altos que parec铆an respirar. Todo ten铆a un aire solemne, pero tambi茅n cercano, como si la ciudad me hablara en voz baja.
Me acerqu茅 a la cruz que se alza en uno de los costados. No era solo un s铆mbolo religioso: era un recordatorio del tiempo, de la fe, de la resistencia. A su lado, la estatua observaba la plaza con una serenidad que impon铆a respeto, como una guardiana eterna.
Y entonces llegu茅 al poema de la Madre Teresa de Calcuta. Lo le铆 despacio, dejando que cada frase me atravesara. No necesitaba memorizarlo para sentir su esencia: un llamado a la bondad, a la humildad, a hacer el bien incluso cuando nadie lo ve. All铆, en medio de la plaza, ese poema era un abrazo espiritual.
Me sent茅 frente a la fuente. Las palomas segu铆an su danza: volaban, se posaban, se elevaban. La Habana respiraba alrededor: coches antiguos, pasos sobre el adoqu铆n, risas, murmullos, el sonido lejano de un barco entrando a la bah铆a. Y yo, en medio de todo, entend铆 que este lugar no era solo un punto en el mapa. Era un refugio. Un recordatorio de que la belleza existe incluso en lo cotidiano. Que la ciudad, con todas sus luces y sombras, sigue siendo capaz de conmoverme.
Nota: Las im谩genes son de mi propiedad.
Utilic茅 el traductor DeepL Translate.