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El público de teatro es heterogéneo, pero en su mayoría pertenece al montón; por eso, un dramaturgo demasiado intelectual está condenado al fracaso.
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No es posible ver pasivamente una buena obra de teatro. A medida que transcurre la acción todo nuestro ser se despierta al recibir su impacto.
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La huella que una buena obra teatral deja en el espectador puede ser más profunda que la huella que le deja su propia experiencia.
No recordamos una buena obra de teatro solamente por el tema y el protagonista, sino por el sacudón que nos produjo.
Imagen y texto de Tomás Jurado Zabala
Gracias por sus amables lecturas