Voy pensando en retrospectiva, voy recordando caras y asociándolas a momentos. Las apilo y recuento una por una, cual maestra pasando lista en el colegio. Las de los malos, las de los buenos, tengo siempre clara mi lista de quienes asistieron… Ya sabrán cual es más larga, o cual es la que más recuerdo, pero las caras van y vienen, y todos seguimos de largo.
Voy pensando en retrospectiva y pregunto: ¿Qué pueden esperar de mí las caras que nunca vinieron, las que desaparecieron, o las que sólo se quedaron a mirar? Confieso que no es la primera vez que hago esta pregunta, que es de hecho una duda real que he compartido una infinidad de veces. Porque el tiempo pasa, la gente crece y han llegado los momentos en los que es mi cara la que debe hacerse presente, pero ¿Debería?
Siempre decimos que al final la gente cosecha lo que ha sembrado pero ¿Ha visto usted a un árbol negarse a soltar sus frutos maduros por no tener a quién lo cultivó cerca?
Cuando me he sentido herida, o víctima del rencor me ha servido recordar que aun con más sacrificios de los que me habría gustado, el tiempo me hizo crecer para convertirme en no menos que un árbol. De esos que están por ahí desde hace suficiente tiempo, que dan sombra a quien la necesite, y cuando es momento comparten el fruto de su evolución sin cuestionarse.
Si me quedo con todo lo que tengo voy a encorvarme hasta quedarme en el suelo y me convertiré en maleza. Y aunque tal vez este pensamiento me haya hecho quedarme sin hojas en alguna temporada, para mí siempre volverá la primavera. Porque no se trata de negarme a dar lo que se me negó en algún momento, se trata de arrumar y acaparar para mi sola todo lo bueno que he alcanzado, de dejar que se pudran en mí los frutos que tanto costó lograr.
Palabras de días grises, tal vez de momentos en calma.
Imagen tomada en el Bosque de Pinos, Mérida con mi teléfono "Inteligente"