La dama del lago mira de frente y sin miedo.
Merodea por la selva como una reina lo haría
en su habitación dorada.
Salta,
baila una danza de melodías misteriosas,
rueda por la hierba, jugando a ser ella misma,
se inclina,
coherente,
ante la fuente de su risa y sus ojos amarillos
bendicen mil veces el crepúsculo violeta.
La tenebrosa;
una silueta en la noche que habría sido la delicia de Carrière,
si hubiera podido alguna vez
atrapar su brillo en una litografía.
Nunca tuvo miedo Machli la felina.
Cuando Machli (pez, en hindú) murió, su cuerpo fue incinerado en una ceremonia ritual de respeto y admiración.