En 1995 yo estaba en kindergarten y tengo uno de esos recuerdos que no necesitan demasiada explicación porque todavía puedo reconocer físicamente lo que sentí. Estaba frente a un televisor, como tantos niños de mi generación, y escuché por primera vez el riff del opening de Mighty Morphin Power Rangers. No sabía qué era un riff, no sabía qué era una introducción, no sabía qué significaba heavy metal, no tenía la menor idea de que detrás de aquellas notas existía una historia musical, una estética, una industria o una cultura. Yo solamente sabía que aquello me producía algo. Recuerdo la sensación en el cuerpo, la energía inmediata, esa especie de atención absoluta que algunas canciones consiguen provocar cuando llegan por primera vez a una persona que todavía está construyendo sus gustos. Treinta años después puedo reconocerla. No ocurre siempre y tampoco necesito escuchar esa canción para recordarla. Hay ocasiones en las que aparece simplemente porque alguna asociación activa ese recuerdo y, durante unos segundos, vuelvo a ser aquel niño frente al televisor. Para mí, ahí comenzó una relación con el rock que después se hizo mucho más compleja. Con el tiempo aparecieron otras bandas, otros discos, otras canciones, otros descubrimientos, pero aquella primera reacción quedó instalada. Creo que muchas de nuestras predisposiciones adultas tienen explicaciones parecidas. Alguien desarrolla una relación especial con la lectura porque encontró un libro en determinado momento de su infancia. Otro termina dedicándose al fútbol porque pasó años jugando en una cancha cercana a su casa. Otro descubre el ajedrez, la ingeniería, la pintura, la conversación, los animales, el mar o simplemente la costumbre de caminar por un parque. Hay experiencias que llegan temprano y producen conexiones suficientemente fuertes para acompañarnos durante décadas. En mi caso, una de esas conexiones fue el rock.
Durante años he pensado en esa experiencia mientras escucho hablar de la muerte del rock. De hecho, alguna vez escribí un post titulado ¿Por qué el rock ha muerto? y cuanto más observo el presente, más sentido me produce la pregunta. No estoy diciendo que mañana vayan a desaparecer las guitarras eléctricas, ni que dejen de existir bandas de rock, ni que alguien vaya a dejar de escuchar Nirvana, Metallica, Queen, Radiohead o cualquier otra banda que haya construido una parte de la historia de la música contemporánea. El asunto que me interesa es mucho más profundo: ¿qué posibilidad existe de que una banda de rock consiga producir en un niño de 2026 lo que una canción consiguió producir en mí en 1995? ¿Dónde está hoy esa cadena cultural que llevaba una canción hasta la televisión, de la televisión hasta una familia, de una familia hasta un niño y de ese niño hasta una identidad que podía acompañarlo durante toda la vida? En mi generación, MTV tuvo una responsabilidad enorme en ese proceso. Para mí tuvo una importancia personal y también la tuvo para mi hermano, que ya no está. Para millones de personas significó algo parecido. En Latinoamérica la llegada y consolidación de esa cultura ocurrió con sus propios tiempos y particularidades, mientras en Estados Unidos y Europa la relación entre televisión, música, juventud y cultura llevaba décadas desarrollándose. MTV convirtió la música en una experiencia audiovisual cotidiana y ayudó a construir una idea específica de juventud, rebeldía, estética y descubrimiento. Por eso me parece profundamente significativo que en 2026 haya eliminado la categoría de rock de sus MTV Europe Music Awards. La decisión tiene una dimensión empresarial perfectamente comprensible, pero también tiene una dimensión cultural imposible de ignorar. Para explicarlo de una manera más sencilla, imaginemos que Google decidiera mantener su empresa funcionando y, al mismo tiempo, abandonara su buscador. La empresa seguiría existiendo, pero habría renunciado a una de las funciones que definieron su relación con el mundo. Con MTV ocurre algo que pertenece a esa misma escala simbólica: una compañía históricamente asociada con la música, la cultura juvenil y la difusión de géneros musicales ha dejado de colocar al rock en una categoría propia dentro de uno de sus principales espacios de reconocimiento.
A mí me interesa especialmente porque durante décadas el rock representó una forma muy concreta de expresión juvenil. La industria discográfica, la venta de álbumes, las emisoras de radio, MTV, las revistas, los conciertos y posteriormente Internet participaron en su expansión, pero también existía una relación cultural entre el género y determinadas ideas: rebeldía, creación, introspección, independencia, experimentación y una necesidad muy juvenil de encontrar una voz propia. Esa relación se fue debilitando durante décadas por razones bastante concretas. Cayó la venta tradicional de discos, apareció la distribución digital, se transformó la industria musical, llegaron las redes sociales, se democratizó la producción sonora y aumentó enormemente la cantidad de géneros y subgéneros disponibles para cualquier persona. Muchas expresiones musicales que antes tenían espacios reducidos encontraron públicos enormes. El resultado me parece culturalmente interesante porque hoy un adolescente puede construir una identidad musical completa sin necesidad de acercarse al rock. En Venezuela, donde crecí, esto resulta todavía más evidente para mí porque recuerdo una época en la que el rock tenía una presencia mucho más visible dentro de determinadas subculturas. Hoy observo que incluso estéticas que estuvieron históricamente vinculadas con él se han convertido en referencias independientes. El look gótico puede aparecer como una vanguardia estética de nicho. El emo puede ser redescubierto por jóvenes de la Generación Z como una estética aspiracional. La cuestión que me interesa no tiene que ver con decidir qué generación tuvo mejores gustos. No tengo interés en esa discusión. Me interesa observar que las fuentes de inspiración cambiaron. Cuando yo era niño, la música podía llegar acompañada de una cultura reconocible y de una comunidad que te enseñaba, directa o indirectamente, qué significaba pertenecer a ella. Hoy esa experiencia está mucho más fragmentada. Cada persona recibe millones de estímulos diferentes y puede construir su identidad con elementos provenientes de lugares completamente distintos. Esa fragmentación tiene consecuencias y una de ellas es que el rock dejó de ocupar el centro cultural que alguna vez ocupó.
Kurt Cobain me sirve para entender mejor el problema. Murió en 1994, a los 27 años, y todavía tres décadas después continúa siendo una figura admirada, discutida, estudiada, reproducida y convertida en referencia estética y musical. Su muerte, su aspecto físico, su talento, su personalidad pública y la historia de Nirvana contribuyeron a construir una figura que sobrevivió ampliamente a su propia generación. También existen errores, exageraciones y simplificaciones alrededor de su vida, porque cualquier figura cultural suficientemente importante termina siendo reinterpretada por personas que llegan después. A pesar de todo eso, su música sigue teniendo una capacidad extraordinaria para producir identificación. Cobain perteneció a un momento histórico en el que ser joven, formar una banda, escribir canciones y cuestionar determinadas normas culturales podía integrarse en una identidad reconocible. Esa posibilidad sigue existiendo, pero ya no tiene la misma centralidad. El jazz permite observar algo parecido desde otra época. Entre las décadas de 1940 y 1950 fue asociado con ambientes de innovación, libertad y rebeldía, mientras posteriormente perdió buena parte de esa relación directa con la cultura juvenil masiva. Cuando pienso en los años ochenta y en el auge de Michael Jackson, en la consolidación del heavy metal y en la expansión de nuevas formas de música popular, el jazz ya ocupaba una posición cultural muy distinta. El rock ha tenido una resistencia mucho mayor porque consiguió mantenerse durante mucho tiempo dentro de la cultura masiva, atravesando generaciones, estilos y transformaciones tecnológicas. Precisamente por eso me resulta interesante preguntarme qué ocurre cuando esa posición comienza a desaparecer. El problema no consiste en que el rock deje de existir. El problema consiste en que una generación completa puede crecer sin asociarlo con descubrimiento, juventud, rebeldía, creación o vanguardia. Cuando esa asociación desaparece, el género puede continuar teniendo millones de seguidores y, al mismo tiempo, perder una parte fundamental de su influencia cultural.
Por eso vuelvo al recuerdo de 1995 y a aquella canción de Power Rangers que escuché sin entender absolutamente nada de lo que estaba escuchando. Esa es la parte que más me interesa de todo esto. Yo no necesitaba conocer la historia del heavy metal para sentir algo. La música llegó antes que la explicación y después la explicación construyó todo lo demás. Treinta años después puedo mirar hacia atrás y entender que aquel momento formó parte de una cadena cultural mucho más grande: televisión, música, familia, infancia, descubrimiento, estética, curiosidad y finalmente identidad. En 2056 yo tendré 65 años y probablemente me resultará todavía más difícil imaginar cómo funcionará el mundo. La inteligencia artificial puede cambiar por completo la manera en que se crea, distribuye y consume música. Puede que una canción ya no tenga un autor reconocible de la misma manera que hoy, que los artistas trabajen con sistemas capaces de generar sonidos a partir de instrucciones, que las experiencias musicales sean completamente personalizadas o que aparezcan géneros que hoy ni siquiera tenemos palabras para describir. No sé qué ocurrirá. También espero que la literatura siga existiendo, que los blogs sigan existiendo de alguna forma y que todavía haya personas interesadas en escribir desde su propia subjetividad, porque una parte de mí necesita creer que la opinión personal no desaparecerá aunque cambien todas las herramientas. Pero tengo serias dudas sobre si en 2056 habrá una banda que pueda ocupar en la vida de un niño el lugar cultural que determinadas bandas ocuparon en la mía. Esa es mi pregunta. No tengo una respuesta y tampoco pretendo tenerla. Tengo una experiencia personal que empezó en 1995, una industria que puedo observar desde su transformación y una generación que está creciendo bajo reglas culturales completamente diferentes. Así que lanzo el desafío: ¿cuál es la última banda que hizo lo que aquel riff de Mighty Morphin Power Rangers hizo conmigo en 1995? No pregunto cuál es la mejor banda actual, ni cuál tiene más reproducciones, ni cuál vende más entradas. Pregunto cuál consiguió que un niño escuchara unas notas sin saber qué eran, sintiera algo físicamente, y treinta años después todavía pudiera recordar exactamente cómo se sentía.