"Stoner", de John Williams: El recordatorio de que sólo tenemos esta vida por vivir
Muchas veces olvidamos algo bastante elemental: solamente tenemos una vida, al menos una vida material, comprobable, física. Después pueden existir la metafísica, la religión, la reencarnación, la trascendencia, cualquier cosmovisión que cada persona considere válida. Pero, estrictamente hablando, esta es la única existencia de la que tenemos experiencia directa. Y, sin embargo, vivimos como si el presente fuese apenas una etapa provisional, como si la verdadera vida estuviera siempre un poco más adelante, cuando consigamos algo, cuando cambiemos, cuando llegue determinado momento o cuando finalmente se cumplan nuestras expectativas. Pensaba en esto mientras terminaba Stoner, la novela de John Williams publicada originalmente en 1965, porque pocas historias me han parecido tan insistentes al recordarnos algo tan sencillo sin necesidad de convertirlo en una enseñanza explícita. William Stoner nace en una familia campesina de Missouri y llega a la Universidad de Missouri para estudiar agricultura. Allí descubre la literatura, cambia de especialidad y termina dedicando prácticamente toda su vida a la enseñanza universitaria. No hay una gran hazaña detrás de su existencia. No hay riqueza, reconocimiento extraordinario ni acontecimientos destinados a convertirlo en una figura excepcional. Hay trabajo, matrimonio, desencuentros, una hija, amistades, pérdidas, decisiones equivocadas, momentos de felicidad y también largos períodos de insatisfacción. Es decir, hay una vida.
Precisamente por eso Stoner resulta un personaje tan extraño para una época que suele exigir que la vida tenga una narrativa evidente. El hombre de la portada no representa a un héroe ni a un individuo destinado a transformar el mundo. Es, sencillamente, Stoner. Un hombre cuya existencia puede parecer insignificante si la medimos con los criterios habituales del éxito. Su vida profesional gira alrededor de la literatura y la universidad, pero incluso allí encuentra obstáculos, conflictos institucionales y personas que utilizan el poder de manera mezquina. Su matrimonio con Edith tampoco responde a una idea idealizada del amor. Su relación con su hija Grace está marcada por circunstancias que escapan de sus posibilidades de control, y su vínculo con Katherine Driscoll, una de las experiencias afectivas más importantes de su vida, tampoco consigue convertirse en una solución permanente. Williams no necesita presentar a Stoner como alguien que alcanza finalmente la plenitud. De hecho, hace algo mucho más incómodo: permite que su personaje sea contradictorio, limitado y terrenal. Stoner no vive siguiendo una gran teoría sobre cómo debería ser la existencia. Toma decisiones, algunas acertadas y otras no, y continúa viviendo con las consecuencias. Incluso cuando descubre aquello que verdaderamente le importa, no abandona todo para construir una vida perfecta alrededor de ello. Esa ausencia de épica es precisamente una de las razones por las que la novela funciona.
Hay algo profundamente contemporáneo en esa manera de mirar la existencia, aunque la novela tenga más de sesenta años. Seguimos comportándonos como si el presente fuese insuficiente. Idealizamos el pasado, imaginamos futuros extraordinarios o temibles y construimos versiones hipotéticas de nosotros mismos que siempre parecen estar mejor situadas que la persona que somos ahora. Stoner permite observar el costo de esa manera de pensar sin formular una teoría al respecto. Su vida no puede separarse de las decisiones que tomó cuando todavía no sabía cuáles serían sus consecuencias. Eso también explica por qué el libro puede leerse desde una perspectiva cercana al nihilismo, aunque no sea una novela nihilista. Si la existencia no tiene un propósito universal garantizado, entonces tampoco existe una autoridad externa que pueda asegurar que una vida aparentemente pequeña carece de valor. Pero Williams tampoco convierte esa ausencia de garantías en una invitación a la indiferencia. Stoner encuentra sentido en cosas concretas: estudiar, enseñar, leer, amar, conversar, trabajar, observar y permanecer atento a aquello que considera importante. No porque esas cosas vayan a trascender necesariamente, sino porque suceden mientras está vivo. Esa diferencia me parece fundamental. No hace falta demostrar que una experiencia será eterna para reconocer que fue valiosa mientras ocurrió.
Por eso Stoner me parece especialmente interesante como relato para un ser humano terrenal. No porque defienda una existencia conformista, ni porque sostenga que debemos aceptar cualquier circunstancia sin cuestionarla. Stoner se equivoca precisamente porque también puede ser pasivo, porque algunas veces soporta situaciones que quizá pudo enfrentar de otra manera y porque su sentido común no siempre produce las mejores decisiones. Williams tampoco absuelve a su protagonista. Lo observa. Y esa observación permite una lectura que me resulta mucho más honesta que cualquier discurso sobre encontrar nuestro propósito. La vida de Stoner demuestra que una existencia puede contener frustración, errores, pérdidas y limitaciones sin convertirse por eso en una vida fallida. También demuestra que el valor de una experiencia no depende exclusivamente de cuánto haya cambiado nuestra biografía después de ella. Hay momentos que importan porque fueron vividos. Hay personas que importan porque estuvieron allí. Hay conocimientos que importan porque nos hicieron comprender algo. Y existe una diferencia enorme entre reconocer esas cosas y convertirlas en una fórmula para ser feliz. Stoner no ofrece una fórmula. Tampoco necesita hacerlo.
Quizá esa sea la razón por la que esta novela me dejó pensando más en mi propia relación con el presente que en el destino de su protagonista. Tendemos a subestimar aquello que tenemos porque suponemos que seguirá disponible mañana. El tiempo, las personas, las posibilidades, incluso nuestra propia capacidad para experimentar determinadas cosas, parecen permanentes mientras forman parte de nuestra rutina. Después descubrimos que no lo eran. En ese sentido, Stoner no me parece una novela sobre cómo vivir correctamente, porque la vida de Stoner tampoco puede presentarse como un modelo. Me parece una novela sobre la dificultad de reconocer que esta existencia concreta, imperfecta y limitada es la que tenemos delante. El idealismo puede ser necesario para imaginar posibilidades, pero se vuelve problemático cuando transforma la realidad en una versión defectuosa de aquello que creemos que debería existir. La realidad no tiene que competir con la ficción para justificar su existencia. Stoner tampoco necesita haber sido extraordinario para que su vida haya importado. Y quizá ahí está lo más incómodo del libro: mientras esperamos que nuestra vida se convierta en algo más, existe una vida sucediendo ahora mismo. Esta. La única que podemos tocar, recordar y comprobar que realmente vivimos.