La cola se estaba formando cerca de la entrada al puente y por la hora, me parece extraño. Existen múltiples avisos que indican remodelación.
El calor no era normal. Estábamos próximo para entrar en la zona de vigilancia preventiva.
Todo era un caos. Hileras de vehículos como hormigas se amontonaban para poder pasar. Lo menos que podía pensar era lo que ocurriría minutos después.
Nos colocamos el cinturón de seguridad, mala costumbre hacerlo en este momento, así de irresponsable somos a veces.
El vehículo de mi amigo José, en el cual viajamos, es pequeño de tres puertas y cinco pasajeros, algo golpeado por el tiempo y algunas colisiones, pero lo suficiente bueno para llevarnos de un extremo a otro.
Los guardias nos detienen por segundo, nos miran y dan una leve señal que continuemos. De ahí en adelante todo pasó a ser normal.
Unos metros después, me percato de lo imponente de aquel puente. Sin embargo, me llamó la atención que al otro lado se ocultaba completamente la orilla, mostrándose como una nube la dibujaba a lo largo de ella.
Miré alrededor y los carros fluían a menor velocidad de la permitida. Al recorrer el primer kilómetro, desde ese punto, logramos la mayor altura del puente. La visual era panorámica. Por eso, advertí que se aproximaba, una lluvia fuerte, tan fuerte que no se veía parte de la carretera.
Sin embargo, continuamos el recorrido. Unos metros después la lluvia la teníamos encima. Los autos comenzaron a disminuir la velocidad. La visibilidad pasó a ser nula. Dos luces intermitentes era lo único frente a nosotros.
De pronto un grupo de piedras muy diminutas comenzaron a chocar con el carro, rebotaban con el asfalto y de allí golpeaban la carrocería, entrando por la ventana tropezando con nuestros rostros. Apreté los ojos evitando me lastimara.
Le grite a mi amigo que cerrara el vidrio y así evitarlo, pero fue peor, las pequeñas piedras se transformaron en unas de mayor tamaño sucediendo demasiado rápido, el vidrio lateral estalla distribuyéndose en pequeñas virutas bañándonos completamente.
En ese momento sentí terror. La altura, la visibilidad casi nula y la brisa se acoplaron para generar el mayor de mis temores, ser embestido por una tromba marina.
El vehículo frente a nosotros sonaba la bocina repetidamente, no sabíamos el porqué. En un momento vi un carro más pequeño que el nuestro deslizándose por la fuerza del viento.
¡Cúbrete con la camioneta! - le grite a mi amigo y como pudo, lo hizo. La tromba estaba en su mayor fuerza. Nuestro carro se deslizó hacia la baranda de protección, pensé que José lo había hecho a propósito. Pero no fue así, el torbellino entraba por la ventanilla rota, estábamos empapado.
Traté de cubrir el rostro, se desfiguraba, un sentimiento de horror me abrazó por lo que apreciaba.
El agua y las piedras eran levantadas del piso.
Quería salir corriendo, pero sería peor, pensé al ver el otro auto impactando con la baranda. Entré en pánico. Siete kilómetros de puentes se hicieron una eternidad.
Poco a poco, todo fué mermando, disminuyó la brisa, José y yo, estábamos en shock. Mi compañero como pudo arranco, fuimos rebasando otros autos que yacían destruidos en el camino.
Hasta que vi el final del puente. Miré a José, sus ojos estaban más abierto de lo normal.
El puente se ha convertido en mi mayor pesadilla, ahora, cuando decido cruzarlo, oro y me persigno entregándome a los santos como me enseñó mi abuela.
Siete kilómetros de puente, una historia verdadera…