Se levantó con agilidad a pesar de su edad. Lo hizo en un solo impulso y sin ayudarse con las manos. Le ofreció la mano para levantarse. Al hacerlo, hizo el gesto de soltarla, recordando lo de la playa… de no amarrarla…
Pero ella no le soltó. Caminó tomada de su mano. Estaban al final de la avenida principal, tenían que caminar 4 bloques antes de llegar a la calle 5. Cada bloque era otra historia.
El también comenzó a contar las suyas. De cómo había quedado viudo. De sus hijas. De sus nietos. Hablaba continuamente de su esposa, aquella que ya no le acompañaba, y de cómo lo había hecho feliz, y todas las extrañas experiencias que se atrevieron a compartir.
Llegaron a la calle 5… entraron en un callejón no muy estrecho que daba cada tanto a la amplia entrada de una casa… todas con las puertas cerradas. A la última casa no se entraba si no por otro callejón, un poco más angosto (no cabía un carro por allí) y se distinguía de los demás, porque de él emanaban luces de colores.
A medida que acababa el callejón, más vivas se hacían las luces. Llegaron al pequeño patiecillo rectangular, que solo tenía una puerta y un gran ventanal sin vidrios ni ventana, solo un pedazo de madera le cubría.
Tenía muchas plantas, en las macetas con las formas más ocurrentes que se pudieran imaginar. En la esquina, un atril con un cuadro cubierto, y frente a éste el banco de pintura. Múltiples cajones repletos más que todo de vidrio y metal. Era algo decadente en las noches.
Ella lo sabía. El tapete de bienvenida, no decía "bienvenidos"… decía unas palabras en latín. Arriba de la puerta, había una escultura de un demonio con cuerpo de mujer.
-¡Un súcubo! -dijo el emocionado al verlo.
-¡Sí! Soy yo ¡Jajaja! -pero curiosamente ya estaba acá cuando llegué, decidí dejarlo, de día sí que se ve hermoso- dijo ella, en respuesta a la mirada de reconocimiento que él le lanzaba discretamente al lugar.
-De noche también.
Ella buscaba la llave en su minúsculo bolso. Cuando él le tomó las manos colocándolas a ambos lados de portal. La acarició desde las manos hasta los pies… toda completa, bordeándola, rodeándole todo el cuerpo. Excepto las zonas erógenas, acarició cada pliegue, cada centímetro, supo perfectamente cuáles eran sus formas.
Ya había dejado de imaginarlas; lo estuvo haciendo durante toda la tarde. Ya no era necesario. Ya había grabado su cuerpo en sus manos. Supo que tocarla en el cuello era abrir sus puertas. Supo que detrás de sus rodillas había un punto importante de placer, al igual que la unión entre las piernas y las nalgas.
Ella no emitió sonido alguno, salvo algún casi imperceptible gemido. Cuando iba a tocarla del lado contrario frente a él, se escurría por un costado, y quedaba entre ella y el espacio de la puerta, solo el tacto, solo las manos.
No la besó. No le habló. Ella no dijo nada, dejó que él la reconstruyera a su antojo. Tocó todo de ella, todo, excepto sus pechos, pubis y nalgas.
De allí en adelante, ella dejó de ser ella, para ser de él. Como lo fue, poco tiempo atrás. Logró encontrar la llave.